O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia

OLE VAROVAINEN, VIROLAINEN TEN CUIDADO, ESTONIA

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Maxime Taccardi

Su último novio, un trotamundos cabroncete, le había azotado con la hebilla de un cinturón por venirle la regla el mismo fin de semana que la visitaba. En otra ocasión, tras una pelea por celos, la mantuvo encerrada en el interior de un armario, mientras los vecinos dudaban en llamar a la policía porque las paredes vibraban y se oía como una lluvia de bofetadas. Pero esas anécdotas sólo eran la punta del iceberg de una vida acosada de peligros físicos e invisibles, y es posible que Krista ni siquiera fuese capaz de recordarlas. Ella, ahora, se sentía bendecida porque había encontrado a Dios en una congregación pentecostal y estaba recién casada (en secreto, ni su familia de Haapajärvi lo sabía) con un hombre apasionado, robusto, que la mantenía interesada por todas las diferencias culturales que los separaban. Hacía la cama nada más levantarse para sentir que el mundo estaba en orden, que había cosas desarregladas que se podían arreglar. Sobre la colcha, un test de embarazo que daba positivo y una Biblia. El cenit de su felicidad estaba en esa cama.




Buscó el móvil, sonando desde hacía un rato en el interior de un cajón en donde también olvidaba las llaves. La llamada procedía del número de teléfono de su marido pero cuando fue a contestar, le asaltó en inglés la voz de una chica extranjera:

Justin Wolfe

—¿Es la mujer de Ismael? Siento mucho hacerle esto. Me llamo Marta y soy su amante—en sordina, a lo lejos, un rumor de viento, los rugidos ahogados de Ismael suplicando a través de una puerta que se callase—. Lleva varias semanas acostándose conmigo, sin haberme dicho que estaba casado. Esta misma tarde ha estado dándome por el culo, mientras usted pensaba que estaba trabajando.

Se cortó la llamada. Krista no sabía si fue ella o la otra mujer. Apretó el teléfono contra la sien. Ojalá fuese capaz de volarse la cabeza con él, pensó. Ojalá existiesen teléfonos explosivos que detonasen antes de comunicar una noticia demasiado terrible. Los teléfonos no explotan pero lo hacen nuestros cerebros. El de Krista estaba ahora vacío, sin vida, escuchando ecos y un chisporroteo. Miró desvalida la cama impoluta. Pasó la mano sobre ella, buscando instintivamente alguna nueva arruga, pero no la había. Soltó entonces un grito de sirena de ambulancia. No se había sentido tan humillada ni castigada en su vida. Lo peor de todo es que su esposo, el hombre que acababa de embarazarla, no estaba allí para dolerse a su lado y consolarla porque aún permanecía en la casa de esa otra mujer con la que le engañaba.

 

lomography

Recogí a Ismael en la estación de Helsinki, donde había dejado sus pertenencias en uno de los casilleros que se alquilan por 24 horas. Me había preguntado si sabía de alguien (y por ese alguien se refería a mí) que le dejara pasar un par de noches bajo su techo. Krista me ha echado, resumió. ¿Otra vez? Estuve a punto de objetar. Otra vez, respondió él por mí.

Una española con la que se acostaba (me enseñó una foto en la que posaba haciendo un gesto obsceno con la mano), se había encerrado con su iPhone en el baño y había llamado a su mujer, se lo había contado todo.

—Cuando regresé, Krista se me echó encima, me arañó toda la cara, fíjate en esto –tenía unas rojeces que le subían por el cuello hasta tocar casi el ojo.


Ismael no se mostraba avergonzado ni triste. Estaba indignado. Me pasó la mano sobre el hombro, como si me consolase por alguna cosa, asegurándome de que entretanto se arreglaban las cosas, nos lo íbamos a pasar muy bien. Tenía una larga lista de mujeres despechadas ansiosas por darle la oportunidad de un nuevo revolcón. El problema de Ismael es que se enamora momentáneamente de todas las chicas que conoce, se entrega a ellas y con la misma rapidez las olvida. Percibe la vida a través del latido de unos muslos femeninos. Su miembro viril no es un instrumento de ese amor que busca (que encuentra y pierde simultáneamente porque no es amor) sino un cuchillo con el que asesta golpes contra la superficie de la carne, y en ese pandemónium, en la trastienda de esa relación violada, sigue sin encontrar lo que necesita.

Noe, Französischer Meister

Esa noche sacó una botella de ron nueva y la mezclamos con zumo de mango que es todo lo que tenía. Me preguntó si sabía qué hombre ostentaba el Guiness de la longevidad. Y yo le dije que Noé, el profeta que construyó un arca cuando Dios se arrepintió de haber creado al ser humano. Ismael creía que era Matusalén, llevaba diciendo lo mismo durante años y nadie le había corregido. Le pareció un dato importante, una señal de que llegaban vientos de cambio (al fin y al cabo Noé también fue un incomprendido, un viejo que anticipaba diluvios allí donde otros sólo pronosticaban buen tiempo). Escuchamos a Sabina y su canción “Y sin embargo” a modo de himno (Que no miento si juro que daría por ti la vida entera (…) Y sin embargo un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te engañaría con cualquiera). Nos hicimos confidencias en el ardor del momento que al día siguiente fingimos haberlas soñado. 

Ismael trataba de explicarme su naturaleza infiel, la boca abierta de sus pantalones follándose a todo quisqui.

—Lo entenderías si tuvieses novia, Miguel. Te crees que por estar con una mujer te cambia la forma de pensar, pero eso es momentáneo. Luego vuelves a ser el que eras antes. La gente no cambia, sólo se toma vacaciones de sí mismo.

Will Cotton

Hicimos planes lujuriosos: saquearíamos las discotecas y organizaríamos grandes fiestas en la casa. Luego le deseé buenas noches. Al pasar por la cocina a tomar un vaso de agua, él seguía despierto sobre el sofá, iluminado por el iPhone con el que tecleaba mensajes sin respuesta. La expresión de su cara era la de un hombre que se aventura hacia otro mundo y no sabe lo que puede pasar.

Ni el ron ni  Sabina volverían a repetirse. Nunca celebramos bacanales con un grupo de borrachas. Ismael salía para ir a trabajar y se hacía después una bola en mi salón. Comía una lata de atún con pan de centeno. Luego consultaba su teléfono. Me confesó que se fiaba de mí porque era el único soltero que conocía, quería decir que mi libido no estaba por los aires como el de aquellos que se aburren con su pareja. Todos esos latinos con sus finlandesas plegadas debajo del brazo siempre quieren más. Uno de sus mejores amigos le había pedido permiso para salir con Krista ahora que no estaban juntos. Me lo dijo de forma en que parecía a punto de llorar, pero Ismael nunca ha llorado enfrente de otro hombre.

Pasó una semana. Su mujer le contó que estaba embarazada pero que no quería tener su hijo, y como abortar es un pecado, le pedía Dios que el niño naciera muerto.

—Ismael, ¿no quieres dar un rato esta noche? Es viernes.

—No, ya me cansé de estar con putas. Quiero estar con una mujer de verdad, como mi esposa.

Al regresar a casa, a las seis de la mañana, me lo encontraba dormido con el iPhone en la mano, como si fuese su sonajero. Me acordé de esa vieja broma donde se dice que el teléfono nos mantiene conectados con todo el mundo excepto con nosotros mismos. Podía habérselo quitado de las manos y arroparle con la manta hasta la barbilla, como hacen en las pelis norteamericanas cuando quieren demostrar la ternura paternal del personaje. Yo solamente apagaba la luz y vomitaba en el baño.

El lunes siguiente fui a cortarme el pelo. Unas chicas se habían burlado de mí diciendo que parecía llevar una fregona en la cabeza. Tenían razón. Pero Helsinki está llena de peluquerías con precios abusivos y yo quise encontrar la menos abusiva, es decir, una que operase casi en la clandestinidad, que pagara pocos impuestos, que atendiese a inmigrantes sin dinero, gente como yo que nunca tuvo futuro pero además va perdiendo su pasado.

Porvoonkatu

El barrio de Porvoonkatu respiraba pobreza, en otras palabras, autenticidad. La gente con menos dinero pareciera desentenderse de problemas elementales que a otros nos asfixian. No les obsesionan los sueños fabricados por televisión, saben que su situación no va a mejorar, que cada día que pasan en compañía de su pinta de cerveza, es el último. Me sigue gustando esa calle. Me recuerda a otras ciudades con más sol, donde siempre pasan cosas aunque no sean buenas. Lo importante es que pase algo. El aburrimiento opera como un lento suicidio.

No me había hecho falta ni hacer una reserva en el número que me había pasado Nicolás, un amigo boliviano que mantenía las distancias con Ismael. Quise dejar mi nombre pero la voz femenina, en un finés aún peor que el mío, tartamudeó preguntándome para qué.

Me costó encontrar la peluquería porque estaban pegadas unas a otras, con la misma oferta de precios, las mismas ventanas escaparates y los sillones giratorios vacíos en el interior.

Ella era un pajarraco alto, famélica, con gafas. Asentía a las órdenes en estonio de la mujer del mostrador. Preguntó cómo quería que me lo cortara y yo empecé con mis explicaciones imprecisas: lo quiero corto pero no tan corto, quiero que tenga forma pero que no deje de ser largo…

Siempre les advierto de mis entradas, que las tengo desde pequeño aunque nunca me crean. No quiero parecer que me estoy quedando calvo porque no es verdad. Yo creo que se están burlando cuando me lo oyen decir. Yo me burlaría. Ni yo mismo estoy seguro de la verdad a veces. En cuanto sentí el chasquido de las tijeras, dirigí a su reflejo miradas de advertencia. Ole varovainen, virolainen (ten cuidado, estonia), dije, por hacer un chiste y recordarla asimismo que estaba bajo continua vigilancia.

Desprendía un aura de mujer triste o de viuda y no decía mucho salvo para acompañar mis palabras con una risa educada, sosteniendo los rizos con la punta del dedo, cortando las puntas y amontonándolas en el suelo como un charco de culebras. Ihanat hiukset (bonito pelo), elogiaba al tiempo que me desprendía irrespetuosamente de la melena. Ihanat hiukset, compensando su falta de destreza, su forma torpe de agarrar las tijeras que seguían picoteando con avaricia. Varo, varo (cuidado, cuidado), la susurraba despacio. Aquella Dalila podaba mi cabeza como si fuese su propio jardín. Coños y tijeras, coños y tijeras.

Al terminar, le pasó lo mismo que a todos los profesionales del ramo cuando se obstinan en que uno presente peor aspecto del que vino, cepillando mi pelo, dibujando una raya a un lado de la cabeza a pesar de que mis rizos no toleran su disciplina. Se untó la mano de gel. Ihanat hiukset. Sí, yes, basta, gracias. No podía comprender que yo me peino despeinándome, con mi propia desesperación, que los lectores prefieren mirar la fotografía de un tipo con aspecto montaraz que la de un adulto con cara infantil, de papada temblorosa, que se está quedando calvo, mejor dicho, que sólo lo parece. Mi personalidad fabricada, mi pose algo descarada y camorrista se había venido abajo, junto a mis guedejas.

Hace años, una chica sueca me había tomado una foto en la cama. Dijo que parecía un dios griego. Por entonces solía ir a un gimnasio, cuidar mi alimentación y llevaba el pelo por debajo de los hombros. Me enseñó la foto. En ese momento pensé que era verdad y me sentí orgulloso porque los dioses griegos no solamente somos apuestos sino unos auténticos sementales. Nos quisimos poco tiempo pero con mucha intensidad, la sueca y yo. Me pasó la fotografía pero quién sabe dónde andará. Esa tarde fuimos al Parque de Retiro en Madrid, con la fantasía de hacer el amor en la hierba, ocultos bajo unas chaquetas. No pudimos porque había demasiados niños jugando al fútbol. Nos imaginamos que eran nuestros y llevábamos años repitiendo el mismo picnic en verano. Pero por entonces yo me creía una persona con porvenir. Ahora soy un tipo feo que lleva varios años de excedencia emocional, sin involucrarme con nadie, sensible y temeroso de romperme cuando las cosas salgan mal –y siempre salen mal, prometido—. Eso es lo que veía en el espejo de la peluquería, una versión de mí mismo envejecida y miserable, otra clase de Ismael con peor suerte.

Narciso, Gyula Benczúr

Hubiese abofeteado el espejo (o mi rostro atrapado en él). La cara redonda de ese tipo débil y secretamente timorato. ¿Habría engordado la sueca? ¿Tendría hijos? ¿Sabría ella dónde guarda mi foto de dios griego?

Forcé una sonrisa para que la peluquera estonia no advirtiese mi expresión de desilusión. Salí a la calle, esperando a estar unos metros más allá, a doblar la esquina, (no me gusta herir los sentimientos de nadie), antes de deshacer minuciosamente el peinado ridículo. Los dedos se quedaron viscosos pero había valido la pena, confirmé arrodillándome junto al retrovisor de un auto.

La policía se presentó en el parque de Lenin, que ocupaban unos borrachos echando la siesta. No molestaban a nadie (en realidad no había nadie más que yo) pero le estropearía las vistas a alguno de los vecinos de los pisos más altos. Se los llevaron entre solemnes y hastiados.

Haciendo honor al espíritu del parque, de delaciones y arrestos, extraje de mi cajetilla de tabaco la mitad que me quedaba de un porro. Lo fumé fervorosamente, expulsando la pelota de humo aromático contra los árboles huesudos. Así como las peluquerías, la droga es más cara en Finlandia. Veinte euros el gramo si no tienes un amigo camello. La marihuana infaliblemente mala que venden en los aledaños del Exodus,  lograba esa tarde que fuese capaz de reírme de todo. De todo.

Era tiempo de manzanas. Se oía el ruido seco de los frutos suicidándose. Los hippies recogían las manzanas, las vendían, las regalaban o hacían pasteles, según el ánimo. Los parques huelen a sidra en otoño.

Estaba solo. Lejos de mis familiares, de mis amigos, sin la melena que ayudaba a disfrazarme, pero había estado aún más solo otras muchas veces. Hice un balance de mi carencia de bienes materiales y confort físico. Algún día tendría que invertir en algo, apostar por el mañana. Quizás sea un reaccionario de los que piensan que sin hijos uno no tiene una familia y sin familia no hay necesidad de preocuparse por el futuro. Yo no era diferente de esos tipos de Porvoonkatu, que se vestían con ropa vieja y comían pizza diariamente.

Desesperado, quizás por un efecto secundario de la marihuana, quizás por la imagen de Ismael mirando la pantalla del móvil, entré de regreso por la puerta de la peluquería donde las mujeres se me quedaron mirando como a un fantasma. Me acerqué a la chica que había cortado mi pelo, atravesando con la mirada las lagunas de sus lentes y su ligero estrabismo, hacia ese lado dormido de su alma, intentando que identificara nuestras mutuas desesperaciones. Los dos éramos extranjeros con un mal día que se había prolongado por espacio de muchas noches. Las yemas de sus dedos recibieron una caricia involuntaria por la proximidad de mi mano tendida. Yo repetí mi nombre. Le pedí que saliera conmigo esa misma tarde. Ella dejó la mirada perdida en mi pelo. Creo que le hubiese gustado seguir cortándolo.

Hiusstudio SaMa

Helsinki, 21 de octubre del 2013

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

 

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