O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

No es país para viejos

Cómo imponerse a aquello cuya existencia uno se niega a reconocer. ¿Lo entiende? Cuando yo entré en su vida, su vida ya había acabado.

Usted no ha tenido ninguna culpa.

Ella meneó la cabeza, sollozando.

Usted no hizo nada. Fue mala suerte.

Ella asintió.

Chigurh la observó, el mentón apoyado en una mano. Muy bien, dijo. Es todo lo que puedo hacer.

Estiró la pierna y hurgó en su bolsillo y sacó varias monedas y cogió una y la sostuvo en alto. Para que ella viera que era justo. La sostuvo entre el pulgar y el índice y la sopesó y luego la lanzó al aire y la cazó al vuelo y la plantó sobre la cara externa de su muñeca. Diga, dijo.

Ella le miró, miró su muñeca extendida. ¿Qué?, dijo.

Cara o cruz.

No pienso hacerlo.

Claro que sí. Diga.

Dios no querría que lo hiciera.

Naturalmente que sí. Debería usted tratar de salvarse. Diga. Es su última oportunidad.

Cara, dijo ella.

El levantó la mano. La moneda mostraba cruz.

Lo siento.

Ella no dijo nada.

Tal vez sea lo mejor.

Ella apartó la vista. Lo dice como si dependiera de la moneda. Pero es usted quien elige.

Podría haber salido cara.

La moneda no tiene nada que ver. Depende de usted.

Quizá sí. Pero mírelo desde mi punto de vista. Yo he llegado aquí lo mismo que la moneda.

Ella sollozó por lo bajo. No dijo nada.

Para cosas con un destino común hay un sendero común. No siempre es fácil de ver. Pero lo hay.

Todo cuanto yo pensaba ha resultado ser diferente, dijo ella. No hay nada en mi vida que yo pudiera haber adivinado. Ni esto ni nada.

Lo sé.

Usted no me habría dejado ir.

Yo no tenía voz en este asunto. Cada momento de su vida es un giro y cada giro una elección. En algún momento usted eligió. Lo que vino fue una consecuencia. Las cuentas son escrupulosas. Todo está dibujado. Ninguna línea se puede borrar. En ningún momento he pensado que pudiera inclinar la balanza a su favor. ¿Cómo iba a hacerlo? El camino que uno sigue en la vida raramente cambia y más raramente aún lo hace de manera brusca. Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

Ella siguió sollozando. Meneó la cabeza.

Sin embargo, aunque podría haberle dicho cómo iba a acabar todo esto me ha parecido que no era demasiado pedir que tuviera usted un último atisbo de esperanza que le levantara el ánimo antes de que caiga la mortaja, la oscuridad. ¿Entiende?

Dios mío, dijo ella. Dios mío.

Lo siento.

Ella le miró por última vez. No tiene por qué hacerlo, dijo. No tiene por qué. No.

Él meneó la cabeza. Me está pidiendo que me vuelva vulnerable y eso no puedo hacerlo. Solo tengo una manera de vivir. Y no contempla casos especiales. Un cara o cruz, quizá sí. En este caso con poco éxito. La mayoría de la gente no cree que pueda existir semejante persona. Se hará cargo del problema que eso les supone. Cómo imponerse a aquello cuya existencia uno se niega a reconocer. ¿Lo entiende? Cuando yo entré en su vida, su vida ya había acabado. Ha tenido un principio, un desarrollo y un final. Esto es el final. Puede decir que las cosas podrían haber sido de otra manera; que podrían haber tomado otros derroteros. Pero ¿y cómo? Las cosas no son de otra manera. Son de esta. Me pide que haga como que el mundo es lo que no es. ¿Se da cuenta?

Sí, dijo ella, sollozando. Me doy cuenta. De verdad.

 Bien, dijo él. Eso está bien. Luego le disparó.

Cormac McCarthy, No es país para viejos, 2005.

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