O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

Cine de terror

ESE EXTRAÑO GÉNERO, EL CINE DE TERROR


Fueron tiempos buenos para Drácula y Frankenstein, tiempos de confrontación entre Boris Karloff y Béla Lugosi, tiempos de exceso y tiempos de escasez, tiempos de explotación y de reinvención, tiempos en los que Roger Corman realizaría grandes producciones basadas en los relatos de Edgar Allan Poe. Pero la nueva amenaza norteamericana denominada como el psychokiller se hizo protagonista de la gran pantalla, seguramente porque este era mucho más cercano a la realidad y, por ende, más temible…

Por Pablo Cristóbal

1. Animales de compañía
Photo

La Hammer, después de más de dos décadas apartada de las grandes salas, intenta resurgir emprendiendo una cruzada contra las tendencias del cine actual. La productora atraviesa las gélidas corrientes del presente para volver a ese pasado fangoso y cálido, retornando al hogar con una serie de películas que emulan una época dorada y anquilosada, para ello cuentan con dos remakes como máximos exponentes: woman-in-black591La mujer de negro (James Watkins, 2012), que es pura literatura gótica y la versión norteamericana de Déjame entrar (Matt Reeves, 2010). Desafiantes ante la lógica generacional más infante, otras productoras menos especializadas en la temática del miedo como Alliance Films o Automatik Entertainment se han puesto también del lado de un público moderno y vintage, espectador maduro y temeroso de olvidar su infancia, bastante cansado de los ejercicios de precariedad, de la falta total y absoluta de espontaneidad y de tanta paja que llena las taquillas del cine juvenil. Ahí están Insidius (James Wan, 2010) y Sinister (Scott Derrickson, 2012), películas bastante digeribles (en comparación con el resto del panorama) que parten de clásicos de los años ochenta como Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), Pesadilla en Elm Street (Wes Craven , 1984), o en el caso de Sinister, de los años noventa con referentes como Tesis (1996), The Ring (1998, 2002) o Asesinato en 8mm (1999). Pero el gran rescate de los monstruos, mitos y leyendas de aquella época se lo lleva Cabin in the Woods (Drew Goddard, 2012), escrita por Joss Whedon, todo un experto en esto de la nostalgia en el cine y el comic. Su película es la menos terrorífica del año pasado, una suerte de comedia ácida ambientada en una cabaña que bien podría ser la misma de Posesión Infernal (Sam Raimi, 1981 cuyo remake, Evil Dead se estrena este año). Cabin… está protagonizada por un grupo de estudiantes guapitos -aparentemente en la misma línea de siempre- que extrañamente recuerdan a los personajes principales de las aventuras de  Scooby Doo, todos ellos están siendo monitorizados y manipulados como si se tratara del reverso tenebroso de El Show de Truman (1998).

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Al mismo tiempo, tres mitos del género, Paul Naschy (1934-2009), Lina Romay (1954-2012) y Jess Franco (1930-2013), fallecen en un periodo de apenas cuatro años, lo que evidencia que no podemos volver al pasado por mucho que maquillemos el presente con películas GrindHouse. Solo el paso del tiempo descubrirá si estos son los primeros o últimos coletazos de una generación que se resiste a envejecer y que, paradójicamente, forma parte de un nuevo modernismo. let me in

Y no es para menos cuando las leyendas de la serie B se nos presentan en formas de reciclaje teenager que no podemos (ni queremos) entender. Tenemos los vampiros generacionales de True Blood (Alan Ball, 2008–), los que brillan como diamantes y predican de manera encubierta la palabra de Dios en Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008), las féminas de Vamps (Amy Heckerlyng, 2012) y Somos la noche (Dennis Gansel, 2010) que se van de compras, están a la última en tendencias de moda y se sumergen en otras banalidades al más puro estilo Sexo en Nueva York, pero disfrazado de cultura “dark”. Después están los braindead, o come-cerebros, que van desde los bobalicones enamoradizos de Memorias de un zombi adolescente (Jonathan Levine, 2013), pasando por las recreaciones digitales en taquillazos como World war Z (Marc Foster, 2013) o Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007), sin olvidar las penurias y encrucijadas morales por las que pasan constantemente los protagonistas de la serie The Walking Dead (Frank Darabont, 2008–), una serie de zombies cuyo protagonista, Andrew Lincoln viene envuelto en papel de regalo para comedias románticas como Love Actually (Richad Curtis, 2003) o Los seductores (Pascal Chaumeil, 2010). 

love-actually-5Sobre las posesiones, vista El Exorcista de William Friedkin (1973) vistas todas, haciendo mención especial a la trilogía de Evil Dead (Sam Raimi, 1981), Posesión (Andrzej Zulawski, 1981) o El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005) poco más es rescatable de este otro subgénero. Y ahora también tenemos el regreso de los aquelarres y las brujas, porque Tommy Wirkola, un tipo que realizó un film de zombis nazis –no diré más–, ha sido recompensado por Hollywood con la oportunidad de presentar en taquilla Hansel y Gretel, cazadores de brujas (2013); un film en el que las brujas son más cercanas a bestias de ese bosque dibujado por Sam Raimi en tiempos mozos (El ejército de las Tinieblas, 1992), pero con una visión mucho menos ambigua que la del brujo interpretado por Niall MacGinnis en La noche del demonio (Jacques Tourneur, 1957) o Sharon Tate en Eye of the Devil (J. Lee Thompson, 1966).

La evolución, como con los mutantes de X-Men, no deja de sorprendernos, pero más bien para peor en la mayoría de los casos. Lo llaman brujas, pero no son más que monstruos; lo llaman vampiros, pero no son más que modelos petimetres; lo llaman zombis, pero no son más que dibujos animados lacrimógenos. Los que determinábamos como “las criaturas de la noche” se han convertido en animales de compañía. animales de compañia

2. El éxodo de los viejos mitos

En otra época las actividades paranormales, los seres de ultratumba y los licántropos fueron arrancados de las páginas de la literatura gótica del siglo XVIII para alistarse durante un largo periodo en las filas de la Universal y la Hammer. Fueron tiempos buenos para Drácula y Frankenstein, tiempos de confrontación entre Boris Karloff y Béla Lugosi, tiempos de exceso y tiempos de escasez, tiempos de explotación y de reinvención, tiempos en los que Roger Corman realizaría grandes producciones basadas en los relatos de Edgar Allan Poe. Pero al poco, la nueva amenaza norteamericana denominada como el psychokiller se hizo protagonista de la gran pantalla, seguramente porque este era mucho más cercano a la realidad y, por ende, más temible. Ya en la cuarta temporada de Mad Men se mencionan tanto los crueles asesinatos de las estudiantes de enfermería llevados a cabo por Richard Speck como los del francotirador y ex marine Charles Joseph Whitman, ambos crímenes cometidos en 1966.

Los publicistas de Mad Men observan las fotografías prohibidas de las enfermeras asesinadas.

images5El asesino de seriales de cine, empezando por el sobreexplotado Hannibal Lecter hasta llegar a nuestros días con películas de la talla de Saw o The Collector tiene mucho de super hombre: cuando no crucifican a una persona de noventa kilos, inventan máquinas de tortura híper avanzadas o realizan expertas técnicas de lucha con cuchillo. Pero también tienen algo de ser de ultratumba porque, como Jason Voorhees, parece que nunca mueren; y, cuando lo hacen, algún demente filial sigue su legado. Estos nuevos monstruos del cine, incluso con sus poderes sobrenaturales, no dejan de recordarnos ni por un instante que se tratan de personajes de carne y hueso desdoblados por traumas del pasado. Si hacemos un poco de memoria, Michael Myers (Halloween) era un niño que asesinó a su propia hermana y pasó toda su vida encerrado en una institución mental. Puzzle (Saw, 2004-2010) es un hombre de mediana edad que padece de un cáncer terminal y al que le ha sido denegada la cobertura de su seguro médico (Saw V), es por ello que, antes de morir (Saw II), se las ingenia para dejar su obra en manos de una serie de cómplices tan sanguinarios como él, si no más, y, como hiciera el personaje interpretado por Michael Keaton en Mi vida (Bruce Joel Rubin, 1993) filma, realiza una serie de videos que, tras su muerte, harán de nexo entre este y el mundo de los vivos. Muy parecido le sucedía años antes al patoso asesino de Scream, cuyo asesino iba desde imitadores de segunda a familiares vengativos, el enmascarado fuera quien fuese se la pasaba dándose castañazos contra todo tipo de objetos hogareños hasta que toda su seriedad se perdió completamente con las interminables parodias de Scary Movie. El psicópata enmascarado de The Collector (2009) es harina de otro costal. Como el lado más oscuro de Batman, se trata un perturbado, de complexión ancha, descendiente directo de un taxidermista (The Collection, 2012) que se las ingenia para crear una tela de araña compuesta de trampas caseras y rurales; un Solo en Casa mucho más oscuro y macabro.

Mientras tanto otros realizadores del medio han pretendido resucitar el género fantasmagórico con el uso de la cámara en mano –a través de cámaras digitales de lo más versátiles, la web cam, go-pro, etc.– u otros mecanismos de rodaje devastadoramente baratos que dejan mucho lugar para la imaginación, porque no se suele ver nada pero si se oye mucho. Trucajes que dan manga ancha a apasionados del género que parecen apoyarse en el reality show más casposo y, generalmente, en el mal gusto. A los aficionados que no cuentan con presupuestos colosales no se les puede reprochar nada por querer intentarlo, pero a los tipos de corbata rosa, con sus trajes amariconados y móviles de última generación, quienes manejan las cifras del cotarro fílmico, sí que se les puede imputar por cargos de tomadura de pelo. Su praxis habitual es la de un cine mainstream llevado al terreno amateur para ahorrarse costes de producción y derivar fondos a su posterior publicidad. Es decir, se gastan dos euros en fotografiar una mierda de perro con un móvil y después invierten cien millones de euros en asegurarse de que esa fotografía se distribuya por todos los continentes. ¿Estrategia de mercado? Puede. ¿Devaluación del género? Sin duda.

El crepúsculo de los Dioses del terror nos lo dibujó Peter Bogdanovich en su excelente Targets (1968), cuando un Boris Karloff a punto de jubilarse desarmaba al francotirador de un autocine (aludiendo directamente a la figura de Joseph Withman). El viejo monstruo detenía al asesino armado, al nuevo monstruo, y lo trataba como a ese niño travieso que se había portado mal, le propinaba una serie de bofetadas que dejaban al francotirador emocionalmente desarmado. No es de extrañar que al poco tiempo Charles Manson y su secta “la familia”, constituida principalmente en un harén de jovencitas fácilmente impresionables, mataran a Sharon Tate y sus invitados en agosto de 1969 o que poco tiempo después, John Lennon fuera tiroteado ante la puerta de su hotel y se repitiera la misma operación con el artista de fábrica Andy Warhol. Los nuevos monstruos ocupaban las primicias.
Boris Karloff Targets

Targets era la mejor descripción de esta América de finales de los sesenta, donde el enemigo no era ya el comunismo proveniente del espacio exterior y la inmigración, sino que el enemigo ahora estaba dentro del propio sistema; algo impensable para el modelo de esa insostenible “dulce América”, que ya daba sus primeros coletazos de descontento social. La postura oficial del gobierno habría sido la misma que la del Kremlin en la película Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995): “No hay psicópatas en la Unión Soviética”, de no ser porque la juventud estaba siendo concienciada por hechos tan cíclicos como la guerra del Vietnam. A estos mismos jóvenes se les sumaba una serie de excombatientes venidos desde las entrañas del mismo infierno, tipos que tras años de combates y experiencias traumáticas en la jungla habían abrazado su lado más salvaje para acabar reconvertidos en esos monstruos del cine. Tanto Rambo (Acorralado, 1982) como Frank Castle (The Punisher: War Zone, 2008), sin duda alguna, están basados en este nuevo patrón de ciudadano traumatizado, pero llevados por el lado menos oscuro, el de las películas de acción y el cómic. La línea entre héroes y asesinos empezó a difuminarse en los años sesenta. Algunos de aquellos hombres que habían probado la sangre, como el mito del Wendigo no podían dar marcha atrás y los patriotas -amantes del rifle- que por problemas de salud no eran reclutados se morían de ganas por apretar el gatillo. La dulce América ya no era tan dulce.

A la izquierda imagen: Targets, el héroe anda suelto (Peter Bogdanovich, 1968), el marido perfecto justo antes de asesinar a toda su familia modelo. A la derecha imagen de la serie Mad Men: una agradable cena a punto de estropearse, el marido se dispone a anunciar su realistamiento para combatir en la guerra de Vietnam.

3. El mal ya no lleva cuernos

 Han sido muchas las películas que se han construido en torno a personajes mentalmente inestables y solitarios, desde M el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931), pasando por Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), hasta llegar al cine de los cara de cuero (La matanza de Texas, Tobe Hooper 1974), los Michael Myers (Halloween,1978) o los Jason Voorhees (Viernes 13, 1980). Películas estas que influenciaron al mismo Ridley Scott para su gran película de terror y ciencia ficción, Alien, el octavo pasajero. Pero sería en 1991 cuando Jonathan Demme sentaría unas bases mucho más maduras con el El silencio de los corderos, un psicothriller objeto de estudio en las universidades de cine, éxito de masas y segunda adaptación a la gran pantalla del personaje más carismático de las novelas del escritor y guionista estadounidense Thomas Harris, el malvado doctor y caníbal Hannibal Lecter .

Las cuatro reencarnaciones de Hannibal Lecter: izquierda arriba Gaspard Ulliel en Hannibal, el origen del mal (Peter Webber, 2007), izquierda abajo Mads Mikkelsen en la serie Hannibal (Bryan Fuller, 2013-), arriba derecha Anthony Hopkins en The silence of the Lambs (Jonathan Demme,1991), abajo derecha Brian Cox en Manhunter (Michael Mann, 1986)

El testigo del género y su reestructuración surgió a mediados de los noventa a manos de David Fincher, en Seven (1995), donde ya no se trataba de meros asesinatos, sino que el asesino obligaba a sus víctimas a infligirse daños físicos (automutilación) en un vano intento de supervivencia. John Doe (Kevin Spacey) es una especie de justiciero loco obsesionado con los pecados capitales, pero lo más interesante de este film -aparte de la estética verdosa y el empleo del macro foco a manos del director de fotografía Darius Khondji– es la otra moda que crearía acerca del giro final sorprendente.

Tras Seven, los éxitos que volvieron a poner el género de moda entre los adolescentes más concupiscentes fueron películas como Scream (1996), de Wes Craven, su emulación de escasa calidad llamada Sé lo que hicisteis el último verano (Jim Gillespie, 1997), sin olvidar otros tantos biopics de terror (más cercanos al drama) basados en figuras como Ted Bundy o El caníbal de Rothenburg, y, por supuesto, más recientemente, la afamada Dexter la cual a día de hoy no se sabe si es una serie familiar, la historia de un héroe de cómic o un policíaco de psychokillers. Lo que está claro es que más de diez años después, una de las sagas de terror con más tirón es el retroceso de toda una década: Saw. Porque Saw es Seven, pero con máscaras, complicadísimos aparatos de tortura y conspiraciones que ya más quisieran realizar nuestros políticos. Así mismo The Collector es Saw pero tan terrorífico y malvado como el personaje de Buffalo Bill (Ted Levinne) en El silencio de los corderos mientras a estas alturas y tras dos precuelas fallidas Hannibal Lecter protagoniza su propio serial.

El cine de terror lo sigue intentando pero la verdad es que no ha conseguido grandes avances ni de guion ni de creación de personajes ni de estética ni de sustos ni de nada. Se instaura una moda, sea el mockumentary El proyecto de la bruja de Blair o el terror chino de La maldición, se adapta a un mercado más comercial, se explota todo lo que se puede y una vez exprimido se lanza bien lejos. Así que ni monstruos, ni muchachas que salen de un pozo, ni espíritus astrales, ni posesiones infantiles, ni psicópatas de tres al cuarto. Los únicos que mantienen su estatus y su condición divina, los únicos que prevalecen en el cine de terror son los fantasmas de un pasado más creativo.

Alcalá de Henares, 30 abril, 2013

 

3 comentarios

  1. albertbonet1968

    El género de terror con las décadas ha ido sucumbiendo a intereses comerciales pero sin tener inquietudes artísticas y experimentales. Ya en los inicios las muestras de Murnau, Browning, Torneaur… la cinematografia era un buen instrumento para explorar los miedos. En los 30-50 Hollywood alternaba una cariz comercial ( sobretodo en serie B ) con uno mas autotal . Hitchcok se arriesgo de pleno con Psycho, y revolucionó. Los Pájaros continuo su interés en elevar un género que puede interrogar al espectador. De los 60 The Innocents ( Suspense de Jack Clayton ) esploró con la adaptación del relato clásico de herny james ( Una vuelta tuerca )las apariciones fantasmales, las mansiones victorianas y sus secretos, la infancia pervertida, , el puritanismo religioso…llegando asuperar o igualar el texto original. Kubrick con The Shining hizo lo mismo con el texto de King , superándolo y creando texturas fílmicas insuperadas. Los años y décadas siguientes han sido valdios para el cine de terror. Sucumbiendo aagradar a un público poco exigente ( adolescente ). , creando sagas, remakes, pre-remakes. La Niebla de Frank Darabont dignificó el género que tiene incontables posibilidades para demostrar que aún no está agotado.

    8 de diciembre de 2013 en 10:46

  2. Pingback: Helsinki: canciones de la melancolía y la rabia | El tornillo de Klaus

  3. Interesante revisión del cine de terror. Me hace preguntarme ¿Dónde podríamos encontrar el futuro del género de terror en la actualidad? ¿O acaso está condenado a desaparecer en estériles intentos por sorprender a un público cada vez menos interesado en, precisamente, sorprenderse sino a únicamente pasar un rato alejado de las preocupaciones de la vida cotidiana? Hay algo muy triste de este panorama del cine de terror, y del cine en general: ha creado públicos ocupados más en los efectos visuales que llenan la pantalla que en una forma y contenido audaces. Creo que es un círculo vicioso donde hay pocas alternativas. Saludos.

    1 de mayo de 2013 en 22:52

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