O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

♞Helter Skelter: La noche de los cuchillos de caza

HELTER SKELTER: LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS DE CAZA

Primera parte

La-noche-de-los-cuchillos de caza
A un costado de la mansión, una mujer de camisón blanco trastabillaba sobre el césped, en un desesperado intento de fuga. Krenwinkel corría detrás de ella, con el cuchillo alzado. Ya era demasiado tarde. Había empezado. Helter Skelter.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

 

I: Una misión secreta

Linda Kasabian

Photo

Linda Kasabian era la única de toda la familia Manson con licencia de conducir. Por eso, a las diez de la noche del 8 de agosto, cuando Charlie entró por una de las puertas batientes de la vieja cantina del rancho Spahn, seleccionando a cuatro miembros de la hermandad para una misión secreta, Linda fue la conductora designada. Ninguno de ellos –“Tex” Watson, Patricia Krenwinkel, Susan Atkins o la misma Kasabian-, pasaban de los 23 años. Linda sospechaba que aquello iba a consistir en una travesura delictiva parecida a las que llevaban realizando días atrás: elegían al azar una casa de una urbanización rica, forzaban la entrada mientras sus ocupantes dormían y silenciosamente reorganizaban todo el mobiliario.

De izquierda a derecha: Tex Watson, Patricia Krenwinkel y Susan Atkins.

Manson repitió lo que llevaba diciéndoles obsesivamente las últimas semanas: “Helter Skelter está aquí”. Los hizo llevar consigo una muda de ropa limpia y sus cuchillos de caza. Las chicas debían hacer exactamente lo que Watson, antigua estrella de fútbol americano y ojito derecho de Manson, les ordenase. Aún convencidas de que Charles era la reencarnación de Jesucristo, ninguna se opuso.

Subieron al viejo Ford blanco y amarillo donde Linda advirtió un par de tenazas y un revólver de cañón largo en el asiento trasero. Cuando estaban a punto de marcharse, Manson se interpuso delante del coche y gritó que esperasen, resplandeciendo como un ángel bajo los chorros de los faros. Se asomó por la ventanilla del copiloto: “Dejad una señal. Ya sabéis qué escribir, chicas. Algo diabólico”.

Charles Manson y las armas del Rancho de Spahn.

Las muchachas soltaron unas risas nerviosas.

No fue sino un rato más tarde cuando Watson les contó que iban a una casa donde Charlie y él habían estado algunas veces en un infructuoso intento de conseguir dinero prestado. Pese a ello, Watson se hizo un lío y terminaron perdiéndose en la maraña de calles alrededor de Cielo Drive. En Hollywood, los millonarios dormían o celebraban fiestas sin saber que al otro lado de sus tapias, ese viejo cacharro lleno de locos armados deambulaba a poca distancia. Pasaban treinta minutos de la medianoche cuando al fin dieron con la dirección apropiada. Al llegar, se vieron recibidos con las luces navideñas de la verja de entrada de la casa.

Cielo Drive en Benedict Canyon, Los Ángeles. “La casa de la alegría y de la tristeza.”

Charles “Tex” Watson

Sin decir una palabra más, Watson tomó los alicates del asiento trasero, trepó al poste de teléfono y cortó los cables, que cayeron ruidosamente contra la parte delantera del coche. Dejando a Kasabian en el automóvil, los demás escalaron el muro internándose en la propiedad a través de un boscoso terraplén. Como sombras de una pesadilla, corriendo agazapados, uno detrás de otro, con los cuchillos en la boca.

Steven Parent y su Rambler.

William Garretson

Watson, encabezando el grupo, vio aproximarse un Rambler 1965, con el techo aplastado y su capó estirado como una cabeza de tiburón. Un modelo de vehículo más propio de gente de clase obrera que desentonaba completamente en el entorno de Ferraris y Porsches estacionados en las inmediaciones. El conductor era un joven de18 años, Steven Parent, con cara de niño bueno y gafas de empollón, y el coche que montaba pertenecía en realidad a su padre. Steven era la clase de persona que no se toma vacaciones largas y toda su vida gira alrededor de una meta. La suya era la universidad, y para costeársela trabajaba pluriempleado durante el verano. Esa noche regresaba de hacer una visita en la casa de invitados donde se alojaba el conserje, William Garretson, un muchacho al que había recogido cuando hacía autoestop. Al despedirse, William le había dicho que se pasase a verle cuando quisiera. “La casa está alquilada a Roman Polanski“, le confió orgullosamente. Pero Steven no había escuchado hablar de él. Si Steven Parent decidió visitarle esa noche fue con la intención de venderle una radio con reloj muy popular entonces, y aunque el conserje no estaba interesado, pasaron un rato distendido compartiendo unas cervezas.

Steven se detuvo en la puerta, bajó la ventanilla manualmente y sacó el brazo para apretar el botón que abría la cancela. Como en una película de terror, apareció de la nada la silueta amenazadora de “Tex”, empuñando en una mano su pistola y un cuchillo en la otra. Charles Manson anteriormente les había enseñado algunas artimañas de recluso: afilar siempre ambos lados de la hoja y clavar el arma en otra persona, girando la empuñadura para causar daños masivos internos. Así que “Tex” Watson sabía perfectamente lo que hacer. Las chicas, agazapadas entre los arbustos, escucharon al joven suplicar desde el auto, prometer que no iba a contar nada a nadie. El chaval profirió un alarido cuando el cuchillo de Watson desgarró los tendones de la muñeca y la mano con la que intentaba protegerse. Le siguieron las cuatro detonaciones de la pistola de calibre 22. Desde el exterior de la cancela, Linda vio iluminarse las ventanillas del otro auto, mostrando con cada fogonazo el rostro boquiabierto de Steven, sumido después en la misma oscuridad que servía de escondite a su asesino.

             Susan Atkins

Patricia Krenwinkel

Abrieron el portón, retiraron el coche con el cadáver todavía dentro. Linda se sentía protagonista de un sueño hostil y sin sentido; involuntariamente, temblaba. “Tex” le ordenó que montase guardia fuera y él subió por la ventana del comedor. En la casa nadie parecía haberse percatado de nada. La puerta principal se abrió muy despacio para que Krenwinkel y Atkins pudieran entrar. Kasabian regresó al Ford evitando mirar en dirección al cadáver que estaba en el otro coche, con las gafas todavía puestas. Se sentó en su auto, observando las luces encendidas de alguna de sus habitaciones. No daba la impresión de que algo horrible estuviera sucediendo. En realidad, era una noche aparentemente pacífica.

Linda Kasabian

Un par de minutos después Krenwinkel le fue a buscar para pedirle prestado su cuchillo. Con una amplia sonrisa recomendó que “prestara atención a los sonidos”. Poco después tronó un disparo. Linda se aproximó temerosamente a la casa para pedirles que se detuvieran. Ahora podía escuchar gritos histéricos, llantos, jadeos, ruido de lucha. La puerta principal se abrió violentamente y un hombre moreno, fornido, con la cabeza empapada de sangre, apareció delante de ella. La miró fijamente a los ojos, sin moverse, por un tiempo indefinido, y Linda rompió a llorar: “¡Oh, dios mío, lo siento tanto!”. Entonces, sin una palabra, el hombre se desplomó. A un costado de la mansión, una mujer de camisón blanco trastabillaba sobre el césped, en un desesperado intento de fuga. Krenwinkel corría detrás de ella, con el cuchillo alzado. Ya era demasiado tarde. Había empezado. Helter Skelter.

 

II: Sharon y los vampiros

Izquierda: Roman Polanski y Gérard Brach. Derecha: Barbara Lass.

Disfrutando de unas vacaciones de esquí en Austria, Polanski y su amigo Gérard Brach -que también había colaborado con él en Repulsión (1965) y Callejón sin salida (1966)-, escribieron durante el más absoluto descojone el guión para una peli de vampiros, “una afectuosa parodia de la Hammer” con algo más de sexo. Cubierto en una nube de champán, vodka, marihuana y ácido Polanski saboreaba su etapa de divorciado con mujeres entrando y saliendo de su dormitorio. Barbara Lass, su musa polaca de los primeros años, podía haberle roto el corazón al abandonarle, pero también le había soltado la polla. Sus amantes coincidían en que era un generoso anfitrión con alergia al compromiso: “vino y rosas por la noche y patada en el trasero por la mañana”.

Cuando Sharon Tate y Roman Polanski se conocieron, él era ese playboy polaco que había hecho aquellas películas de arte y ensayo, y Sharon la hermosa promesa que trabajaba en una película sobre ocultismo y sacrificios humanos junto a David Niven y Deborah Kerr titulada Eye of the Devil (J. Lee Thompson, 1967)

Sharon Tate y la portada de Eye of the Devil.

Sharon ganó de adolescente varios concursos de belleza. En el instituto, un compañero de clase la había violado, algo que, según ella, no le dejó ninguna secuela. Tuvo su primera experiencia fílmica haciendo de extra en Hemingway’s Adventures of a Young Man (Martin Ritt, 1962). Apareció en una marca de cigarrillos, trabajó de modelo, y, con peluca negra, vestido corto y blusa ceñida para acentuar sus tetas, se había prodigado en series televisivas. Su padre era un coronel que pasó muchos años destinado en Europa, y gracias a ello Sharon hablaba un francés pasable y un italiano notable. Pertenecía, junto a Mia Farrow, al grupo de actrices bohemias que protestaban contra Vietnam, fumaban porros y andaban descalzas en los parques. “Escuchaba a Janis Joplin, quemaba incienso, llevaba camisetas con Bob Dylan“, añadía una de sus amigas. Tuvo una relación tempestuosa con un actor extranjero que la maltrataba y fue una persona muy cercana a Jack Palance, antes de entrevistarse con Steve McQueen para una prueba de casting para la película El rey del juego (The Cincinnatti Kid, Norman Jewison, 1965). Pese a que el papel se lo llevaría Tuesday Weld, al menos le quedó el recuerdo de una fugaz aventura con Steve y el comienzo de la que sería una amistad duradera. Sharon tenía la virtud de reconvertir a sus amantes en buenos amigos, y Steve McQueen y ella lo serían el resto de su vida.

De izquierda a derecha: Jack Palance, Steve McQueen y Tuesday Weld.

Jill St. John

Fue durante la fiesta en honor de Polanski celebrada en Londres, donde Sharon y Polanski se vieron por primera vez. La productora Filmways, para la que Roman trabajaba y que tenía bajo contrato exclusivo a Sharon, fue la encargada de hacer de intermediaria entre ambos, obligados a entenderse pese a las reticencias del director polaco en contratarla para su nueva película de vampiros. Él habría preferido para el papel a la exuberante Jill St. John -que unos años más tarde, gracias a su silueta, haría de chica Bond en Diamantes para la eternidad (Guy Hamilton, 1971)-. Sharon, en su opinión, era una belleza demasiado americana, aunque ese sería un problema resuelto como por ensalmo al endosarle una peluca roja. Aquella noche Sharon le dio su teléfono, pero no fue hasta un encuentro más tarde, en el que se repartieron un cubo de LSD, después de charlar y escuchar música por varias horas, cuando se acostarían juntos en la casa a medio amueblar de Polanski, con los efectos del ácido desatando sus lenguas y aportando al sexo un aura mística de irrealidad.

Roman Polanski y Sharon Tate.

A la mañana siguiente Roman estuvo burlándose, medio en broma medio en serio, de las uñas de Sharon que tenía la costumbre de mordisquearse. “Esas no son uñas de actriz”. Partió ese mismo día a Suecia para dar una charla en la Lund University pero no dejó de pensar en ella “ni en sus uñas estropeadas”, como la recordaría en un par de llamadas de teléfono. No obstante, Sharon todavía salía con Jay Sebring y se mostró evasiva. Sebring, también conocido por el sobrenombre de “el peluquero de las estrellas”, pues tenía entre sus clientes a Sinatra, Newman, Steve McQueen y Peter Lawford, era una especie de George Roundy, el personaje protagonista de Shampoo (Hal Ashby, 1975), es decir, era un mujeriego incorregible, popular tanto por sus cortes de pelo como por sus fiestas abastecidas con saleros repletos de cocaína. A sus conquistas las llevaba a su mansión “embrujada” de Beverly Hills donde gustaba de atarlas con su consentimiento y azotarlas suavemente con una cuerda de persiana.

Jay Sebring

Sharon continuó dando largas a Polanski porque no quería que nadie saliese herido, y Roman, cansado de su actitud, le dijo que se fuera a la mierda. Literalmente. Fue precisamente ese exabrupto lo que la impresionó. La confianza en sí mismo de ese “enano tirano”, como ya le llamaban algunos por entonces, fue lo que atrajo la atención de Sharon, siempre minada por inseguridades ridículas.

Su relación pasó a un plano misterioso basado en encuentros esporádicos que terminaban en nada, largas conversaciones con tintes románticos, luz de velas y un abrazo efusivo reservado para las despedidas. A mediados del rodaje de El baile de los vampiros (The Fearless Vampire Killers, 1967) -lastrado de complicaciones desde el día uno a causa de la escasez de nieve en los exteriores-, Roman la volvió a proponer, al término de una cena prolongada hasta muy tarde, que subieran juntos a su habitación de hotel. Sharon le sonrió, como si hubiera esperado toda la vida a que se lo propusiera, como si no hubiese sido ella la que le había rechazado en otras ocasiones, y le besó tiernamente en los labios. Comenzaría entonces un affaire que, antes de acabar la película, se había consolidado en una relación seria en donde ambos compartían casa.

De izquierda a derecha: Roman Polanski, Sharon Tate y Alfie Bass. El baile de los vampiros / The fearless vampire killers

Por ese motivo, si bien El baile de los vampiros no es la mejor de sus películas, Roman la consideraba su favorita. En ella, bajo una atmósfera glacialmente fantasmagórica (que reprodujeron exactamente los Cohen en el 2009 para el comienzo de A serious man), el profesor Abronsius (calcamonía risueña de Einstein en estado perenne de despiste) y su lujurioso asistente Alfred, interpretado por el mismo Polanski, eran los descuidados cazavampiros que viajan hasta un pequeño pueblo de Transilvania para enfrentarse a la amenaza del conde von Krolock. En la posada donde se alojan, Alfred conoce a Sarah (Sharon Tate), una muchacha atractiva obsesionada con los baños de espuma, hija única de Shagal, el ventero (un estupendo e inquietante Alfie Bass). Cuando la muchacha es secuestrada, la libido de Alfred le dicta enfrentarse, con ayuda de su tutor, al conde en su propio castillo. Roman solía pensar en aquella película más en clave romántica que cómica. Tras la muerte de Tate, sin embargo, se desprendió de las copias que aún tenía en su poder. “Veo en ella a Sharon una y otra vez en las garras del monstruo. Y yo sigo siendo incapaz de rescatarla”. En una entrevista reciente confesaba que era la película más triste que jamás hubiese rodado.

The fearless vampire killers / El baile de los vampiros

Jay Sebring, más herido en su orgullo que en el corazón, no consideraba que Polanski estuviera a la altura de una chica así (no sólo físicamente, por supuesto, sino también emocionalmente) y pidió a Sharon reconsiderar su postura. Ella admitió con su candidez habitual, estar enamorada de Roman y, tras agradecerle sus consejos, también le recordó que había decisiones “que valía la pena lamentar toda la vida”. Hasta que Sharon no concertó una comida con los tres juntos, Polanski y Sebring evitaban saludarse en los actos sociales. Pero aquella, contra todo lo esperado, fue una velada amena y Sebring, que aseguraba no guardarles ningún rencor, pasó a formar parte de su círculo de amigos más cercanos. Lo que el peluquero no podía prever es que ese cariño también le iba a costar la vida.

 

III: Infancias huérfanas

Izquierda: Charles Manson. Derecha: Roman Polanski.

Tanto Manson como Polanski se criaron buena parte de su infancia como huérfanos. Roman Polanski nació en agosto de 1933 y Charles Manson en noviembre de 1934. Los padres de Roman fueron destinados a campos de exterminio diferentes y Roman sólo pudo reencontrarse con su padre después de la guerra -la madre no sobrevivió a Auschwitz-. Entretanto, sufrió privaciones y abusos por parte de los soldados cada vez que lo sorprendían callejeando, y también por parte de las familias católicas que lo acogían temporalmente “a pesar de ser judío”. Charles Manson, a su vez, venía de una dinastía profundamente religiosa hasta el extremo del sadismo. Su madre Kathleen fue educada en un ambiente intolerante.

………….Kathleen Maddox, la madre de Charles Manson.

Le acusaban de llevar vestidos muy cortos, de soltarse el pelo como una vulgar ramera y las amistades masculinas le eran prohibidas. A los quince años de edad se escapó de casa, encontrando refugio en el alcohol y los hombres. Manson achacaba a la labor superficial de los biógrafos retratar a su madre como una puta adolescente: “En su búsqueda de aceptación, es verdad, pudo haber caído en el amor con demasiada facilidad y frecuencia, pero ¿una puta en ese momento? ¡No!”. Sea como fuere, Charlie nunca conoció a su padre. Su madre quedó embarazada de un hombre que se perdió en el horizonte a la menor oportunidad y Kathleen no pudo compaginar su afición al alcohol y la promiscuidad con su papel de madre.

Dentro de su familia circulaba la historia de que una tarde, Kathleen le había vendido a una camarera por una jarra de cerveza y uno de sus tíos había tenido que ir a recuperar el bebé. Su familia de abuela y tíos venenosamente cristianos se encargó de cuidar de él durante las largas ausencias de la madre. Los tíos le llevaban a la iglesia. De esas soporíferas reuniones sólo le atraían los momentos en que la congregación se ponía a cantar himnos. Manson adoraba cualquier tipo de música y le servía de escapatoria de una realidad descarnada. Su familia nunca le mostró cariño, lo consideraban un bastardo con la sangre del pecado en sus venas. Eran frecuentes los castigos corporales, amén de ejercicios espirituales impuestos como forma de humillarle. De ellos aprendió a no creer en nadie y desconfiar de los valores tradicionales de las familias de bien de la gran América. Huyó de la escuela, empezando a cometer pequeños hurtos que lo condujeron a reformatorios donde sufrió palizas, violaciones y protagonizó fugas que no le llevaron demasiado lejos. Era un huérfano en el sentido más estricto de la palabra. Y cuando más tarde formó su comuna, en ella participaban miembros que venían, como él, de familias rotas y expectativas frustradas.

Charles Manson

La juventud de Manson consistió desde que tuvo doce años en un largo éxodo entre reformatorios e instituciones penitenciarias. Durante su limitado tiempo en libertad condicional se vio envuelto en delitos de falsificación de cheques, robos de coches y el asalto a mano armada de una licorería, así como en crímenes de sodomía y proxenetismo. Con diecinueve años embarazó a una camarera con la que terminó casándose, pero tras ser detenido poco tiempo después por otro atraco, la mujer decidió divorciarse de él aprovechando que estaba entre rejas y no podía perseguirla.

En la celda de aislamiento Charles canturreaba para escapar del silencio. Buscándose a sí mismo aprendió de forma autodidacta acerca de diferentes religiones y filosofías sin llegar a abrazar ninguna. Se gestó en “los pasillos de siempre”, como a él llamaba a las prisiones. Presumía de ser un hombre libre, a pesar de sus circunstancias, porque su mente vagaba sin control a cualquier parte que él se propusiera. Era partidario de que la auténtica realidad estaba en ese mundo de encierro. Fuera de él, la gente veía películas, leía libros y fantaseaba con la vida de tipos como él y sus compañeros de celda. Todo lo demás era una abstracción. Los únicos hombres libres no conocían cadenas espirituales.

Contrajo amistad con el célebre gángster Alvin Karpis, que le enseñó a tocar la guitarra. Si bien los funcionarios de prisión pensaron que esa afición le ayudaría a ordenar su cabeza, estaban lejos de sospechar que al mismo tiempo, la obsesión de Manson por los Beatles ya había empezado: su música le mantenía “hechizado”, le decía “cosas” que sólo él podía interpretar. Un año más tarde, con el lanzamiento de El Álbum Blanco, Charlie estaría seguro de haber encontrado su biblia, justificando en sus letras la mayoría de sus teorías paranoicas.

Alvin Karpis y Charles Manson.

Volvieron a soltarle en marzo de 1967, con 31 años de edad -la mitad de los cuales los había pasado encerrado-. Dice Manson: “Sabía que no podía adaptarme al mundo de fuera (…) Estaba contento de continuar en la penitenciaría, donde podía tomar el sol en el patio y practicaba con la guitarra”. La noche antes de ser liberado, de rodillas, suplicó al alcaide que no le dejara salir. La prisión era, en efecto, lo más parecido a un hogar de lo que había tenido nunca.

 

                                                                                                          Helsinki, 7 de abril de 2013

► Parte II

◄ Ver todos

4 comentarios

  1. Pingback: ♞Helter Skelter: La noche de los cuchillos de caza III | El tornillo de Klaus

  2. Midnite Bela

    Excelente, ya soy seguirdora.

    25 de abril de 2013 en 17:21

  3. Pingback: ♞Helter Skelter: La noche de los cuchillos de caza II | El tornillo de Klaus

  4. Rober Henry Wotton

    Bravo… Quiero la segunda entrega YA!!! Sin duda estos extractos críticos y parajes culturales no sólo hacen que me sienta orgulloso de vosotros sino que a la vez me ayudan a extraerme de la historia del mundo que vivo aquí. Thanks.

    11 de abril de 2013 en 14:23

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s