O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

III: Kerouac versus Salles

VIDAS VIAJERAS (Pensando en Dean Moriarty) II

Ya no hay beats, sólo imitadores. Hay campamentos donde te sacan el dinero, citas para adornar el blog y ancianos que posan con una botella en la mano para que se los recuerde con respeto. La rebeldía es parte de un eslogan publicitario. La película de Walter Salles sólo salva rescoldos del espíritu de una minoría atormentada de mediados de los 50 que se desvaneció muy deprisa.

Por Miguel Cristóbal Olmedo

Edición gráfica por Alicia Victoria Palacios Thomas

III: Kerouac versus Salles.

Photo¿Qué fue del espíritu transgresor y valiente de los primeros beats? ¿Qué fue de los hermosos hippies que les siguieron en el éxtasis de su baile de amor? Los beatniks y los hippies dejaron de ser una ideología para ser una marca registrada que pasó de moda. Cerramos el telón para ponernos al día en acciones de bolsa y ensueños de funcionario. La mía fue una generación cobarde y apática. No conocíamos a los beats y creíamos que nuestros padres eran hippies por llevar una melena frondosa en sus fotos juveniles.

Como suele ocurrir, hay que mirar fuera de España para encontrar el resurgimiento del sueño de Kerouac. Mientras muchos se pasaban su año de oposiciones, criando caspa y almorranas, otros dejábamos el trabajo, la mujer y la casa y nos íbamos a otra parte del mundo como quien busca suicidarse (porque nos habían dicho que sin trabajo ni mujer ni hijos uno no tiene nada, que es mejor un trabajo estable y seguro antes que andar por la vida con la cabeza y los pies en las nubes, y por eso cuando uno contradecía el sentido común ibérico/tradicionalista y dejaba el país, lo hacía pensando que se iba a perder en ese limbo con el que nos amenazaban los muy hijos de puta). Como una vez hizo Henry Miller. Como muchas veces le pasó a Bukowski. Como irremediablemente le seguía sucediendo a Neal Cassady. Nos encontrábamos en hostales y casas de extraños del sudeste asiático y nos reconocíamos por el santo y seña de las lecturas comunes: En el camino, era infaltable, así como La guía del autoestopista galáctico, Zen y el arte de mantenimiento de la motocicleta, Shantaram (para los que seguían ruta hacia la India), Siddhartha y la guía de viajes del Lonely Planet (que también a veces puede ser leída como una novela de ficción). Era el bagaje un tanto pretencioso y superficial de esos grandes viajeros que éramos, con ínfulas de encontrarnos a nosotros mismos y escribir libros maravillosos que inspirasen a otros. Ni de más está decir que ninguno escribió ese libro ni se encontraron a sí mismos pero regresaron a sus casas (porque en el fondo todo eso no era más que unas vacaciones) con anécdotas maravillosas y un Facebook lleno de amigos exóticos. El cáncer que devoró a los beatniks ya estaba presente en la nueva semilla.    

Henry Miller, Charles Bukowski y Neal Cassady con la familia.

Y sin embargo seguimos siendo muchos los que aún vivimos a expensas de los viajes de Kerouac, los que continuamos suicidándonos. Y ese espíritu aventurero, extrapolado al mundo del cine, también ha dado lugar a personas indivisibles de los beatniks y del caldo de cultivo de los sesenta como Martin Scorsese, Brian de Palma, Hal Ashbey, Stanley Kubrick, Roman Polanski o Francis Ford Coppola.          

Precisamente este último llevaba años dando golpes de ciego con su proyecto de llevar a la pantalla la versión de En el camino hasta que vio Diarios de motocicleta de Walter Salles y el cielo le fue abierto. Le ofreció dirigir a Salles el trabajo imposible de ese libro inversionable y éste dijo sí porque no veía el peligro. Quien sale bien librado con un personaje tan polémico como Ernesto Guevara, no puede fracasar en una empresa como esa, con una historia lineal, una carretera lineal, unos amigos pasándoselo de puta madre y los grandes horizontes norteamericanos.

Diarios de motocicleta, 2004 Walter Salles. Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna.

Pero además Walter Salles, respaldado por su amanuense y amigo José Rivera, fue meticuloso: mandó a los actores principales a un campamento de beatniks, se ganó la amistad de la viuda de Cassady en las cuatro o cinco visitas que le pagó y rodó un documental sobre todo el proceso de documentación para dejar constancia a los seguidores del libro del tesón empleado en su adaptación fidelísima.

Y todo está ahí: el jazz, los viajes, los trances bipolares de Neal, la voz en off relatando pasajes del libro, la promiscuidad sexual, los antros subterráneos donde florecen música, alcohol y droga, los paisajes reflejados en la ventanilla, el sentido de la aventura y el descontrol.

Y aún más, Walter amplía la historia poniendo atención a las consecuencias devastadoramente emocionales que sufrieron las compañeras femeninas en esa carrera enloquecida de sus vidas. Puede razonarse, y motivo no faltaría, que la presencia de Kristen Stewart -uno de los grandes reclamos de la película para las nuevas generaciones Crepúsculo, amén de esos fugaces desnudos tan publicitados-, debía amortizarse estirando su protagonismo, pero no por ello la historia se resiente. Es más, increíblemente, Kristen Stewart (alias LouAnne, alias Marylou) es una de las gratas sorpresas de la película. Su mirada de angustia capturada en el espejo retrovisor, en el puente que cruza hacia San Francisco, a sabiendas de que continuarán sin ella en el otro lado -como así pasó-, es una de las cosas más hermosas que suceden en la película y que Kerouac sólo dejaba entrever en su historia (una historia más de camaradas masculinos que de mujeres). 

LouAnne Henderson

 

Kristen, que no fue siempre la niña inmaculada atraída por vampiros, fue reclutada por Salles cuando era prácticamente una desconocida, a raíz de su pequeño papel en Hacia rutas salvajes (Into the wild, Sean Penn, 2007).Contra todo lo esperado, Kristen se materializa sin ninguna inhibición en LouAnne Henderson, una nínfula de dieciséis años con el pelo rubio sucio y maneras descaradas, un espíritu descocado y lleno de curiosidades, que se dejó seducir por Neal en una droguería (ni siquiera una virgen por entonces). Se casaron durante una tormenta de nieve antes de Navidad. Su luna de miel fue una travesía llena de penurias hasta Nueva York, donde conocerían a Jack Kerouac, circunstancia que marca el comienzo de la historia de En el camino.

 

La lucha de LouAnne por ser algo más que el pegamento sexual del grupo, termina fatalmente en el episodio de su abandono en la desangelada esquina de O´Farrell y Granten. Los impetuosos cambios de humor de Neal le obligaban a dejar atrás uno a uno a todos sus amantes y amigos, hasta quedarse solo en esa llanura desierta, junto a unas vías de tren que equivalen a una metáfora perfecta sobre su vida. El precio de querer arder es acabar transformado en combustible.

Kristen Stewart, Marylou

Hay otras mujeres que pasan con la brevedad de un simple cameo y cuya historia hubiese merecido más líneas o minutos de metraje: Carolyn Cassady, la viuda legítima de Neal, está interpretada por una Kirsten Dunst de aspecto cansado y maneras sencillas, cuya ambición se cifra en las paredes del hogar. Tenemos a Joan Vollmer, alias Jane, la esposa malograda de Burroughs, a la que Amy Adams se encarga de dar vida. Está la muchacha mexicana, versionada por Alice Braga, la sobrina trepa de Sonia Braga, y Galatea Dunkel, caracterizada por Elizabeth Moss (la Cenicienta que pasaba de secretaria a redactora publicitaria en la serie Mad Men).

Carolyn Cassady, Kirsten Dunst. Joan Vollmer, Amy Adams. Galatea Dunkel, Elizabeth Moss. Alice Braga.

Todo está ahí. Y, sin embargo, no hay nada. La película transmite indiferencia absoluta. Los críticos de cine han pataleado desde sus asientos impacientemente. No hay fuego, no hay movimiento, no logra hervir la sangre, el resultado es un pálido reflejo de las palabras del libro pero no de lo que transmite cada vez que son leídas. Y aunque uno acuda al cine guiado por la curiosidad pero resignado a la decepción de ver algo que ama degradado a los estándares de un producto de consumo, no se espera esta clase de fracaso cuando el esfuerzo de la producción es palpable, el presupuesto ha sido más que generoso, la película está filmada con belleza y los actores se han esforzado en ser convincentes. Porque, como se ha dicho antes, el libro está ahí pero de alguna forma no está. Y es difícil poner el dedo en la herida cuando es casi invisible.

Para ser justos con la película, desprende una vaga noción romántica del libro: uno espera horizontes y magreo dentro del coche y lo obtiene. No se evitan los temas espinosos, como la bencedrina, el libertinaje sexual y la prostitución, es más, se recrea en ellos como parte esencial. Y eso participa del problema: entre tanta serotonina desmelenada, olvidaron que eso no era sino la superficie de la historia. Porque esta no debería ser una road movie al uso: la frenética búsqueda de emociones encendía en Kerouac un propósito espiritual, la necesidad de creer en algo aunque no haya nada en que creer.

Podemos golpear más profundamente. Ni siquiera es verdad que Kerouac escribiera el libro de una tirada, desde el 2 al 22 de abril de 1951, gracias a la ayuda de la bencedrina. La idea del viaje es un concepto que le rondaba hacía mucho más tiempo. El 23 de agosto de 1948, Kerouac sintetiza en uno de sus cuadernos el argumento del libro que ya está proyectando hacer, cuando ni siquiera ha sido presentado a Dean Moriarty:

“El libro en el que sigo pensando va de dos muchachos que hacen auto-stop hasta California en busca de algo que realmente no encuentran, y perdiéndose a sí mismos en el viaje, y haciendo todo el camino de vuelta con la esperanza de algo más”.

La historia de Kerouac es sobre una búsqueda interior –con su implicación de drogas y sexo, vale- antes que una espiral de vicios hedonistas. La película de Salles no sabe cómo hacernos comprender que todo el asunto de vagar de un estado a otro no es más que una razón para buscar la herencia perdida, el padre maldito, pedófilo y borracho de Dean, las raíces espirituales de una América inmersa tras la guerra en un consumismo voraz, en unas tradiciones apegadas a la interpretación bíblica más rancia de la vida, con una sexualidad lastrada de complejos hipócritas, invisible, de puertas adentro, llena de silencios, en posturas básicas, bajo la vigilancia del espectro de Jesús bendiciendo el coito reproductor a los pies de la cama.

Jack Kerouac y el american way de Josep Renau

Parte la revolución que supuso el libro de Kerouac está ligado a su estilo vibrante, sembrado de frases que discurren sin descanso como si fuese la trompeta de Dizzy Gillespie o el piano de Thelonious Monk. La forma de escribir es parte del mensaje para un autor que, como decía de sí mismo, ansiaba ser “libre como Joyce”. La película, sin embargo, está rodada con elegancia, en un estilo menos llamativo que formal. Con muchos puntos y apartes y sin el frenético ritmo del libro. Es un film contemplativo y despliega con él una niebla de hastío y redundancia.

Dizzy Gillespie y Thelonious Monk

El último gran desencuentro entre el libro y la película está en sus actores. Con las excepciones de Viggo Mortensen y el elenco femenino, quienes tampoco cuentan con el peso protagonista del film, sus dos grandes figuras, Riley y Hedlund, “quieren pero no pueden”. No podemos menos que aplaudir su esfuerzo por resultar veraces -sus semanas en el campamento beatnik, el hecho de que Sam Riley, pese a ser disléxico, aprendiese a escribir a máquina, y todas esas cosas que al fin y al cabo no tienen tanto que ver con el acabado final del proceso interpretativo- y sentir cierta lástima por poner a estos muchachos en una línea de fuego para la que no habían nacido. Sencillamente el casting es un error, pero eso es algo que se veía venir de lejos, cuando años atrás Coppola padre apuntaba en la espalda de su secretario los nombres de los posibles candidatos que venían a ser siempre los chicos de moda del momento. Si por Francis hubiese sido, En el camino hubiese podido ser interpretada en los 90 por toda la nómina de caras bonitas de Sensación de vivir (Beverly Hills, 90210, Darren Star, 1990-2000). Y si no, al loro con las quinielas: Ethan Hawke como Jack Kerouac (alias Sal Paradise) y Brad Pitt como Neal Cassady (alias Dean Moriarty). Más adelante fueron Billy Crudup -¿quién? Exacto- y Colin Farrell respectivamente.

Coppola apostaba por la hornada de nuevas generaciones para hacer una película estupenda, naif y cool bajo la batuta del descentrado Joel Schumacher, recién salido de su época Batman (la más peligrosa de su carrera, la más inconsolable), y tras haber dirigido un producto digno, de puro entretenimiento palomitero y blockbuster con Última llamada (Phone Booth, 2002). Bueno, se dijo Francis rascándose la barba, si él puede hacer eso con un tío metido en una cabina, lo tendrá muy fácil para rodar a tres muchachos cachondos dentro de un coche. No podemos sino especular el resultado de ese meollo.

Sam Riley, Jack Kerouac

 

Hay un detalle inventado en la película que funciona perfectamente: la instantánea del fotomatón de los tres amigos: Cassady, Kerouac y Ginsberg (en ese orden), partida para compartir el recuerdo, hace que el escritor, en el centro, apenas aparezca en ninguna de las dos mitades, como si tuviese un pie puesto en el mundo académico de Ginsberg y otro en el mundo enloquecido y vital de Cassady, o, más bien, para que Kerouac quedase en tierra de nadie, como ese amigo agradable y en ocasiones incómodo cuya compañía uno acaba aceptando porque te hace sentir mejor a ti mismo.

Sam Riley se presentaba como una opción viable y sin embargo padece el mismo problema que su compañero de reparto Garrett Hedlund. No encajan. No es fácil de explicar, así como unas personas son fotogénicas y otras no, y algunos desprenden carisma aunque formulen ideas contaminadas de gilipolleces y otros se pasen la vida a la sombra de otra gente aunque siempre valiesen más.

Garrett Hedlund, Neal Cassady

  

 

 Garrett Hedlund, uno de los chicos de Eragon (Stefen Fangmeier, 2006), co-protagonista de Tron: Legacy (Joseph Kosinski, 2010) y poco más, es una cara bonita, con un cuerpo atlético para forrar con él las carpetas de las quinceañeras, que no recuerda en nada, ni física ni espiritualmente, al enloquecido de Neal Cassady. Porque Neal era mucho más viril que guapo (en realidad, a veces es difícil entender su fama de ligón cuando se mira sus fotos; su amigo Kerouac le sacaba ventaja en el atractivo), y no obstante su personalidad arrolladora hacía que las mujeres se le abrazasen a las piernas y que el desierto se levantara las faldas para que lo cruzase. Garret, sin embargo, se queda en el capitán odioso de un equipo de rugby, que seguirá llevándose a la animadora más codiciada y cachonda, pero al que los jugadores de su mismo equipo le mearán en el casco cuando no mire. A Neal le amaban hombres y mujeres por igual. Estar a su lado era lo mismo que meter los dedos en un enchufe. Con él todo era posible porque no tenía miedo. Kerouac, que siempre pensó que sus obras literarias podían llevarse con facilidad a las tablas del escenario o al celuloide, pensó en Marlon Brando como Dean Moriarty: un hombre con presencia, fuerte, masculino, al que podías perdonar por robarte el coche o la novia. 

Pero el detalle más desquiciante se presenta en su forma de modular las palabras. Los actores, enviciados por su estancia en el campamento beatnik, se propusieron hablar menos como personas que como rapsodas. Sus diálogos suenan muertos, dicen te quiero, te odio, que te den por saco, y lo hacen recitando, y así no hay forma de creerles. Los beatniks, en efecto, buscaban la música en su forma de decir las cosas, el ritmo (una de las acepciones posibles de la palabra beat), pero solamente cuando protagonizaban un evento cultural. Sin embargo, hasta en los momentos más amargos de la historia, como cuando Dean abandona a Sal en Méjico, enfermo y sin blanca, destila de sus labios el soniquete odioso y rimbombante de los beatniks en sus saraos poéticos.

No podía por menos de hacer saber que esos hombres maduros que se aprovechan de la fama de los primeros beats para crear su fortuna, no son sino el reverso oscuro de todo movimiento que comienza por ser rebelde y deviene en moda. Uno sospecha que los nuevos beatniks, arrogantes y pretenciosos, cultos y clasistas en sus gustos, ese apostolado de la literatura subterránea, no dejan de parecerse a los muchachos odiosamente presuntuosos que veía congregarse en la librería-bar-tienda de discos “Esperando a Godot”, situ Jiaodaokou Dongdajie, en el camino de vuelta a mi casa. Todos ellos disfrazados con sus boinas negras, su perilla casi dibujada en el rostro imberbe asiático, comprando discos o cedés pirateados al doble del precio de la calle, sólo por el gusto de completar su parafernalia de bohemio intelectual, mientras uno andaba con el reverso de los bolsillos por fuera, sin su uniforme de beatnik, viviendo un poco a la desesperada y acordándose de que lanzarse a la carretera es una hermosa manera de suicidarse.

Ya no hay beats, sólo imitadores. Hay campamentos donde te sacan el dinero, citas para adornar el blog y ancianos que posan con una botella en la mano para que se los recuerde con respeto. La rebeldía es parte de un eslogan publicitario. La película de Walter Salles sólo salva rescoldos del espíritu de una minoría atormentada de mediados de los 50 que se desvaneció muy deprisa. Vale la pena, sin embargo, acercarse a verla aunque sea como introducción a todas las cosas que no fue capaz de contarnos. Al fin y al cabo, ni siquiera Kerouac, Cassady, Ginsberg y Burroughs sobrevivieron a su propia caricatura. Los beatniks son ahora pequeñas piezas de mausoleo, viejas leyendas del rock and roll de la literatura a las que podemos honrar abriendo una lata de cerveza y saltando al primer tren que pase. No se olviden de ellos ni de sus sueños. Los sueños son escaleras que no suben ni bajan, que están ahí para que tengamos algo donde poner los pies.

 

Helsinki, 3 de octubre de 2012


Continuar leyendo la primera parte aqui…





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