O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

el cocinero ha metido las puntas de los dedos en el trozo de grasa que había traído envuelto en periódico


Mauch ha resbalado cuando se montaba el bote, ha caído de bruces y se ha dislocado el hombro. Lo hemos llevado de inmediato a la enfermería del otro campamento, y allí han llamado al viejo cocinero; decían que era especialista, también en partos. Cuando lo hemos visto aparecer lo primero que hemos hecho es intercambiar unas miradas perplejas. Tenía los dedos huesudos, las uñas como si hubiese estado talando árboles en la selva, la cara muy aindiada, en la barbilla algunos pelos solitarios, un gorro de lana en la cabeza. Entretanto el enfermero le había puesto una inyección en el hombro a Mauch, cuyo mayor problema era la tendencia a desmayarse. El cocinero ha metido las puntas de los dedos en el trozo de grasa que había traído envuelto en periódico. Con enorme cuidado ha empezado a palpar los huesos de Mauch, comprobando la posición del omóplato, la clavícula, el húmero; luego le ha masajeado muy suavemente los músculos contraídos por el dolor. He intentado decirle que no era el omóplato lo que se había lastimado, sino el hombro. Me ha mirado con mucha calma y como pidiéndome silencio; hemos pensado que en ese momento le torcería el brazo a M. para colocarlo en su sitio con un gran movimiento giratorio, pero nada de eso ha ocurrido. Ha seguido masajeando y tocando con dedos infinitamente cuidadosos la zona del hombro, luego ha ejercido apenas un poco más de presión y esto sí ha dolido a Mauch un momento. Algo se ha movido, ha dicho, pero no puede ser que eso sea todo. Y sí lo era, según nos ha dado a entender el cocinero simplemente marchándose. En efecto, el hombro estaba en su sitio y Mauch, que ya se lo había dislocado una vez, no podía creerlo.

El Tigre, el más fuerte y osado de nuestros leñadores, un tío que siempre esconde la melena negra, que le llega a los hombros, bajo el casco azul de seguridad –nunca lo he visto con camiseta, pero tampoco lo he visto sin su casco y machete, seguro que los lleva hasta cuando duerme-, me ha mostrado el dedo anular; se había aplastado la mano derribando un árbol y casi lo había perdido. El cocinero, nuestro ayudante de enfermería, había reunido los huesos astillados dándoles otra vez la forma de un dedo, había cosido los tendones y le había salvado el anular. Es impresionante; lo único, ha dicho el Tigre, es que ya no le va el anillo. A un hombre que había caído bajo la hélice del motor de una lancha nuestro cocinero le volvió a coser el tendón de Aquiles que se había cortado, y también hizo parir a una mujer que llevaba días con el hijo muerto en el vientre. Me acuerdo del desprecio cínico de R. por todo lo peruano: exigía médicos estadounidenses, e incluso alguien formado en Francia le parecía inferior.”

Werner Herzog, Conquista de lo inútil, Camisea, 6/4/81

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s