O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine


El enemigo de lo cotidiano, el mal, como ya hiciera La matanza de Texas, es una vez más un psichokiller; colectivo que si en The Strangers queda clara la posición nómada y depredadora de unos personajes siempre anónimos, en Vacancy se nos aparecen con rostro y sonrisa para redescubrir el auténtico negocio de estos comensales: la creación y venta de películas snuff .

Comparativa: Vacancy, The Strangers

por Pablo Cristóbal

PhotoVacancy, 2007, aquí conocida como Habitación sin salida y Los extraños -The Strangers, 2008son dos películas de terror que nos suponen un interesante ejercicio de estilo y narrativa que merecen la pena observar, especialmente a los amantes de índoles macabras, porque a pesar de nadar en el tópico salen del paso sin naufragar. Ambas son una buena muestra de lo que parte del circuito comercial americano lleva un tiempo intentando conseguir con este género maldito sin introducir desnudos ni despieces de casquería.

Primeramente mencionaremos que Vacancy (no volveremos a llamarla Habitación sin salida por respeto al director, a usted y a nosotros mismos) lleva la firma del cineasta norteamericano Nimród Antal, quien lleva a sus espaldas la reciente Depredadores, 2010, y la insufrible Blindado, 2007.

Siendo ésta su segunda película, es aquí un realizador de composiciones artesanales y más elaboradas. Su prevaleciente uso de los espejos a favor de un plano-contraplano en el mismo encuadre nos llevaría a pensar que es un hombre de inquietudes narrativas, presentador de un magnífico espacio continuo de rostros distantes. A nivel formal, en contraposición a la otra película que nos atañe en este artículo, la historia se cuenta con planos fijos sobre trípode y elegantes movimientos de steady similares a los del travelling.

La historia de Vacancy comienza con el drama inicial de un matrimonio joven y destrozado que realiza un viaje nocturno. Salpicado con nimios toques de veracidad, el director nos invita a cruzar el umbral de la sala y adentrarnos en el celuloide. Este es el primer acierto que comparten una y otra película.

En el caso de The Strangers se olvidan las buenas formas costumbristas para abducirnos, cámara en mano, en pos o a la contra de nuestra voluntad, en una historia de silencios incómodos y reflexiones en una madrugada de grandes expectativas frustradas. Razonables parecidos los inicios de ambas películas; parejas heterosexuales con problemas pre/conyugales que se refugian en un espacio rural con un objetivo común: “Pasar el mal trago”, ausentarse de ese mundo exterior que les hace sucumbir ya sea por la desgracia de un hijo perdido (Vacancy) o una declaración de compromiso fallida (The Strangers). Así tenemos un panorama de matrimonio completamente disuelto y de noviazgo quebrado.

Si bien es cierto que en Vacancy la habitación del motel (“suite nupcial” como les anuncia el director del establecimiento) se trata más bien de un cenagal de sábanas sucias en perfecto equilibrio con un ecosistema de cucarachas, óxido en las cañerías y roedores del subsuelo, en The Strangers sus protagonistas, Liv Tyler (Armaggedon) y Scott Speedman (Underworld), anidan una casa de campo familiar. Y he aquí donde radica la casi única y principal diferencia, ya que Kate Beckinsale (Pearl Harbour, Underworld) y Luke Wilson (Los Tenenbaums) son, como en cientos de películas, urbanitas perdidos de su trayecto que son embutidos casi a la fuerza en un hostal que apesta en el mejor de los sentidos al Hitchcock de Psicosis, 1960, y al Carpenter de En la boca del miedo, 1994.

Golpes en la puerta, la llamada del miedo.

Brian Vertino, director de The strangers, se percata del potencial terrorífico de esta idea de la “intrusión” mediante golpes inesperados a altas horas de la noche. Persigue la frescura de Antal y la exprime suministrando manga ancha a los decibelios y el buen hacer del poder del sonido angustiándonos con la idea de lo que se oye pero no se ve; juega con el público, auténtica presa del film, y tortura a los actores (alter egos de la butaca) durante todo el inicio de la historia, recurriendo al intelecto cobarde del espectador y su imaginación atormentada. Vertino sabe con creces que el erotismo y el terror comparten ese juego de lo que se intuye pero no se ve.

De ahí que no haga uso de esa banda sonora bucanera tan empleada por Wes Craven en su Scream, 1996, que aborda momentáneamente para no dejar más que un susto vacuo en nuestra neurona más prescindible. Este recurso que denominaremos como sacudidas musicales consiste en el empleo de un fragmento orquestal de duración inferior a dos segundos con la capacidad de sobresaltarnos; claro síntoma de que estaríamos asistiendo ante un terror fallido, no mayor que el susto ocasional de un globo pinchado o la rechinante bocina de un vehículo.

vacancy movie No Vacancy allowed for pathetic Wilson

El enemigo de lo cotidiano, el mal, como ya hiciera Tod Hopper con La matanza de Texas (The Texa Chain Saw Massacre, 1974), es una vez más un psichokiller; colectivo que si en The Strangers queda clara la posición nómada y depredadora de unos personajes siempre anónimos, en Vacancy se nos aparecen con rostro y sonrisa para redescubrir el auténtico negocio de estos comensales: la creación y venta de películas snuff exigiendo un protagonismo forzoso a todos los cándidos inquilinos de la “suite nupcial”. En este giro argumental se nos presenta uno de los mayores puntos de interés, este asesino de pueblo que ha visto un atajo para enriquecerse dando paso así a una suerte de provinciano más inteligente de lo que se nos tiene acostumbrado en los best seller de Stephen King.

El paleto ya no es un chupa cabras con escopeta sino un individuo que dispone de unos aceptables conocimientos tecnológicos que le permiten grabar su propia y enfermiza sitcom. Este voyeurismo constante incluirá una posproducción de varias horas en la sala de edición y, por supuesta, una pequeña red de distribución comarcal.

El auténtico psicko killer aqui tiene forma de corporativa rural, ha visto demasiada televisión, abusa del espíritu americano más bajo para sacar partido de esa privacidad del foráneo y se atreve a tomar posesión de su vida. Un reality show de crimen, como podría ser el programa de Oprah Winfrey u otra ejecución televisada por cable desde algún estado afincado al sur de los Estados Unidos. Sin embargo, la reflexión encubierta que instaura el director va en detrimento del miedo y suspense al darnos a conocer, impacientemente, este espectáculo underground. Mostrar la vulnerabilidad de los villanos conlleva humanizar. En contadas ocasiones funciona como en el caso de Tod Hopper con su crimen redneck, pero en este caso es una resta de terror por una suma de acción.

The stranglers sigue el mismo sistema, llegados a cierto minuto los personajes protagonistas sufren una toma de conciencia y se revelan ante esta situación victimista para sobrevivir y convertirse en verdugos. Una fórmula que a Alexandre Ajá le valió en sus dos más célebres películas hasta la fecha: Alta Tensión, 2003, y Las colinas tienen ojos, 2006.

Dicho esto, parece que el drama naciente de la historia se haya desprovisto de toda verosimilitud y nos metamos de lleno en una obra menor. Claramente es así.

El truco de estos pequeños tahúres cinematográficos reside en el realismo y la crudeza de la situación expuesta. Con un desfile mínimo de sangre y un desarrollo muy superior de personajes como es el caso de El exorcista (The Exorcist, 1973), Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979) o Tiburón (Jaws, 1975), citando tres de las incuestionables películas del género. De este modo se puede atemorizar siempre y cuando se sepa o se quiera llegar a un consenso de autenticidad, ese “algo” mundano que nos lleve a empatizar con los personajes y su situación. El realismo bien manipulado es el azaroso camino hacia el terror. Lars Von Trier es un terrorista consumado, de ahí la ironía en su dogma 95 y el nacimiento de esta vertiente de “nuevas películas” (sí, entre comillas) que imitan a El proyecto de la Bruja de Blair, 1999, con títulos como Rec, 2007, Monstruoso, 2008, o The Trol Hunter, 2010.

En resumen, el poder de estas obras (Vacancy, The Strangers) y sus similitudes más patentes se encuentran en los primeros cuarenta minutos de transición entre el conflicto/suspense de la pareja y el redescubrimiento del auténtico leit motive del film. Después llegan los hombres con máscaras y cuchillos y los gritos que son acallados por algún que otro bostezo oportuno.

Alcalá de Henares, 10 de abril de 2011

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