O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

Targets era la mejor descripción de la América de finales de los sesenta donde el enemigo no era ya el comunismo proveniente del espacio exterior y la inmigración. La amenaza por vez primera estaba dentro del propio sistema. Algo impensable para esa cada vez más insostenible y decadente dulce América.

por Pablo Cristóbal

El éxodo de los viejos mitos

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El terror en el cine moderno ha desembocado en la ciencia, eso es innegable. Habiendo sido gobernada en años de la Hammer por criaturas que protagonizaban la literatura gótica del S. XVIII y, ulteriormente por la nueva amenaza norteamericana denominada como el psichokiller (asesino en serie), mucho más cercano a la realidad y, por ende, más temible.

Este crepúsculo de los Dioses del terror, nos lo dibujó Peter Bogdanovich en su excelente Targets con un Boris Karloff a punto de jubilarse que desarmaba al francotirador de un autocine a base de indulgentes bofetadas. No es de extrañar que al poco tiempo Charles Manson y su secta “la familia” constituida principalmente en un harén de jovencitas fácilmente impresionables, mataran a Sharon Tate y sus invitados en agosto de 1969. Poco tiempo después, John Lennon sería tiroteado ante la puerta de su hotel mientras con Andy Warhol se repitiera la misma operación.

Targets era la mejor descripción de la América de finales de los sesenta donde el enemigo no era ya el comunismo proveniente del espacio exterior y la inmigración. La amenaza por vez primera estaba dentro del propio sistema. Algo impensable para esa cada vez más insostenible y decadente dulce América. La postura oficial del gobierno hubiera sido la misma que la del Kremlin en la película Ciudadano x: -“No hay psicópatas en la Unión Soviética” de no ser porque la juventud estaba siendo alertada por hechos tan lamentables y cíclicos como La guerra del Vietnam y eran esos mismos combatientes algunos de estos monstruos del género..

 

Imagen izda Jeffrey DeMunn, en el papel de Andrei Chikatilo en “Ciudadano X”, TV movie de 1995 de Chris Gerolmo, también escritor de “Arde Mississippi”. Dcha Andrei Chikatilo, noviembre 1990.

Después de esto, han sido muchas las películas que se han construido en torno a estos personajes mentalmente inestables y solitarios, desde la figura de Michael Myers en Halloween, el pequeño Jason Voorhees de Viernes 13 y las correspondientes secuelas de La matanza de Texas, sentándose unas bases más maduras en El silencio de los corderos de Jonathan Demme, siendo reestructuradas en el Seven de Fincher, pasando por éxitos que volvieron a poner el género de moda para los adolescentes más concupiscentes como el Scream de Wes Craven, sin olvidar otros tantos biopics de terror (más cercanos al drama) basados en figuras tales como Ted Bundy o El caníbal de Rothenburg, y por supuesto, acabando por la realización de aclamadas series llamadas Dexter.

Gracias a las nuevas tecnologías infográficas de los años noventa y al proyecto de arqueología que nos presentara una vez más Steven Spielberg con su Jurassic Park-1993, se hicieron hueco en el circuito comercial algunos de los monstruos/dinosaurios de la vieja factoría (Godzilla-1998, La Momia-1999, Entrevista con el vampiro-1994, Starship Troopers- 1997 (con ecos a Them!), Pactar con el Diablo-1997, etc.)

Mientras estos viejos mitos, en sus orígenes, fueron elementos patógenos que simbolizaban el mal, no solamente en un sentido moral sino estrictamente religioso, (nos referimos claramente al referente más manido por la humanidad después de Dios, ese creador de todo lo incorrecto llamado Satanás) ya en estos tiempos donde los satélites son los únicos ángeles que velan por nuestra confortabilidad y socialización globalizada no queda cabida para las cruces, los rezos ni las oraciones. Y de haberlas, se conciben con resultados tan prescindibles como Rec 2 en el que un Padre Merrin es sustituido por ese científico que resulta ser (para mayor mofa del espectador) agente encubierto del Vaticano con sotana y todo. La escena evoca claramente películas como James Bond o Mentiras Arriesgadas en un contexto pavoroso.


Posesión e inmortalización de las vidas de las personas, el cine.

La posible relación del vampirismo como pandemia nos la dejó caer Werner Herzog en su adaptación del Nosferatu de Murnau con el paralelismo que establecía entre este y la peste que asolara la Europa del S. XIV pero fue mejor ilustrado en el film de Coppola con la presentación del Doctor Van Helsing, cazador de vampiros por antonomasia, llevada a cabo a través de una imagen microscópica que exhibe un grupo de glóbulos rojos impregnado de sífilis, estableciendo así ese paralelismo entre el vampirismo erótico y las enfermedades venéreas, aunque en el film de Drácula de Bram StokerCoppola se nos hable mayormente de la salvación del alma. Pero posiblemente haya sido Blade (Stephen Norrington, 1998) la culminación del prototipo de imagen vampírica a seguir en nuestros tiempos donde se impone de forma evidente la sed de sangre ya no como una necesidad deshumanizadora propia del diablo sino como una dolencia contagiosa que tiene cabida en cualquier individuo, de arduo tratamiento curativo pero respetando las propiedades longevas y eróticas que le preceden. Es por ello que, Danny Boyle, en albores del nuevo milenio, viera en esa misma forma/contenido del neo Nosferatu (replanteado en Blade 2 por del Toro como vampiros freaks similares al Nosferatu expresionista) un “novedoso recurso de carácter racional, secular y, por tanto, realista” al que aplicar para con el Braindead.

No es de extrañar que, extinguida la alquimia y en pleno levantamiento de una revolución industrial digital, el señor Boyle desechara el 35 milímetros y empleara este logro de la ciencia moderna para resucitar a esos zombies que ya no hacían más que levantarnos una mueca de aversión.

Boyle, en plena maduración vitalicia abre los ojos, visiona esa realidad incómoda de la que nos dota el cine de Lars Von Trier y un largo etcétera de cineastas daneses del movimiento Dogma 95, toma apuntes, observa el experimento de La Bruja de Blair y ese llamado miedo psicológico, retoma los violentos brindis que se dan cita en “Celebración”, y se dice a sí mismo como si se tratara de un desquiciado señor Renfield más propio de Coppola que de Stoker: -“El digital es la vida”.

Así pues, mezcla los nuevos componentes que la última década le ha conferido y repudia cierta pirotecnia mímica del anodino “no muerto” para transformarse en un doctor Frankenstein que “resucita al zombie”, dotándolo de una violencia más cruda y menos sofisticada, apartándolo de la vieja tradición que incluía muerte por resurrección para la iniciación de nuevos pecados y lo transforma en una persona infectada por un virus, la Rabia. Estamos hablando de la la rompedora 28 días después realizada en el 2002. Claro molde y referencia base para lo que vendrá después el loco doctor Boyle no puede patentar su fórmula y, tras las críticas de la opinión masiva, se le empieza a plagiar sin ningún tipo de mesura. Porque el cine, como todo arte que se precie, es una factoría de producciones al por mayor sin más intención que la de sacar un máximo beneficio al menor coste. Nada que la industria de la comida basura, las tabacaleras o la ropa de marca no haya echo antes. De este modo, aunque Boyle marca un antes y un después (como ya hiciera con Trainspotting en 1996) nos abandona en las inmediaciones de un mundo casi apocalíptico que nos impone una cartelera repleta de carnívoros de ojos rojos con dotes atléticas y referentes del virus ébola, subyugados a un soporte de pésima calidad visual.

Rec (2007), House of the Dead (2003), Una de zombies (2003), El día de los muertos (2005), El amanecer de los zombies (2005), Los abandonados (2006), la saga incompleta de Resident Evil (2002) y Soy Leyenda (2008) son títulos que podrían haberse ahorrado al mundo del cine y, de paso, a esta revista, pero han sido nombrados para recordar, no olvidar y que nunca se vuelva a suceder.

Un inciso acerca del visionario Zack.

Cierto cineasta, ahora de renombre, que posteriormente mimetizaría “la fórmula del comic en el cine” del director y músico Robert Rodríguez con su aclamada Sin City*, ya tomó prestado en su desvirgamiento a la gran pantalla las fórmulas de esta revisión del no muerto, este se llama Zack Snyder y es uno de los primeros realizadores que olieron el filón de oro del zombieismo. Aplicó a su Amanecer de los muertos (2004) etalonajes digitalizados más propios del videoclip logrando disimular cierta carencia de medios, aderezado, todo esto, con golpes de acción y chorros de sangre impactantes, dejando caer en nuestras manos un trabajo ejemplar del cine de género con actrices de la talla de Sarah Polley encabezando el reparto. De este modo quedan expiadas acciones tan poco decorosas como tomar a su cargo un remake del Pater Romero como opera prima y recitar de memoria la nomenclatura de Boyle. Otros pocos cineastas con dotes de entintado más que de calcado, con ideas propias, gente bien intencionada con sentido del humor propio logran sacarnos la carcajada con películas como Zombies Party (2004), Planet Terror (2007) o Zombieland (2009) , aunque eso si, en contadas ocasiones.


Epílogo

Como mención honorífica mencionaremos que Soy Leyenda está basada en un relato de Richard Matheson (cuando películas como Shreck no existían) y ha sido llevada a cabo a la gran pantalla dos veces más, una con Vincent Price como protagonista y posteriormente con Charlton Heston. En la obra original se nos habla de un mundo pos guerra bacteriológica dominado por vampiros. En esta última versión de caldo de cultivo, los directores y compañía, tratan de reconvertirlos en zombies asalvajados para estar a la última ya que los vampiros de ahora son seres atormentados y falsamente romantizados a los que asiste un público inexperto ávido de placeres anales, de ahí que tanto el principal chupacabras de Crepúsculo como el vampiro amansado de True Blood sean tan perezosa y pragmáticamente parecidos.

En consecuencia, la figura del zombie actual es una entidad más amenazante gracias a 28 días después y, si la textura digital en aquella fuera tanto un ejercicio de estilo como una muestra del potencial del argumento apocalíptico y el discurso moral sobre la naturaleza cruel del hombre, esta vez, en Soy Leyenda, película de taquilla asegurada, se rueda en treinta y cinco milímetros, los villanos (la humanidad) se compone de clones modelo estándar con sabor a consola, y la historia emana un tufo religioso que resuena a Gospel bajo el manto de las barras y estrellas en el que duermen Will Smith y su familia.

*Que consistió en calcar virtuosamente viñeta tras viñeta un gran cómic que no necesitaba las reinterpretaciones de cineastas de alquiler ni amantes del cómic exentos de talento cinematográfico, manteniendo no sólo el espíritu de la historia sino el arte de la secuenciación del propio autor).

Madrid, 9 de febrero de 2011

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