O el arte de la ira. Un refugio para la obsesión y el cine

EVA (Kike Maíllo, 2011)

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EVA Photo

por Daniel L.-Serrano (Canichu, el espía del bar)

Un montón de hueveras y cajas de zapatos se encuentran unidas por hilos logrando una forma antropomorfa. Un niño, Kike Maíllo, tira de esos hilos y mueve las figuras creadas como si fueran personas. Pero no son personas lo que esas cajas forman en su imaginación, sino robots. Lo cuenta él mismo en la página oficial de su película Eva (2011, coproducción de España y Francia). Su atracción por la ciencia ficción y en especial por el mundo de los robots se produjo a costa de ver la inagotable serie de culto televisivo Doctor Who (Newman, Coburn, Wilson y Whitaker, Reino Unido, 1966 a la actualidad). Ese género le gusta, y debe sentirse a gusto en él, por cuanto también afirma que le sirve para plantearse preguntas actuales. Fruto de todo esto nació Eva. Pero habría que darle un tirón de orejas. De entre los muchos premios y nominaciones a premios que ha recibido (Venecia, Sitges, Science-Fiction de Nantes, Ojo Crítico de Cine, Scifi World, Fantasporto, etcétera) fue en la gala de los Premios Goya, donde ganó tres galardones, donde dijo que él creía que España estaba falta de cine de ciencia ficción y su película era la pionera, esperando él que fuera el comienzo del género en nuestro país. De ese modo a mi entender desdeñaba, u olvidaba quizá por no considerarlas serias, películas como Acción Mutante (Alex de la Iglesia, 1993), El Hotel Eléctrico (Segundo Chomón, 1905, que se puede ver en la Filmoteca Española), 3 Días (Francisco Javier Gutiérrez, 2008), El Caballero del Dragón (Fernando Colomo, 1988), Los Cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), y bastantes otras más.

Quizá lo que sí hay que reconocerle a Kike Maíllo es que sus efectos especiales son quizá los más depurados hasta la fecha en nuestro país. Así como que su forma de narrar puede cuadrar bien con un cine estadounidense, aunque con una clara y amplia raíz propiamente española. Los efectos por ordenador combinan sin problemas con los efectos especiales tradicionales. No hay nada que se haya mostrado de sobra, nada para lo espectacular, está todo pensando para narrar la historia que nos plantea Maíllo, y eso es lo que hace que su película haya sido y sea un gran éxito que gusta y que probablemente perdurará.

Es verdad que la estética de sus robots recuerda a la estética de robots que hemos visto en producciones anglosajonas de los años 70’ y 80’, quizá como homenaje a esas series televisiva que seguía el autor en su infancia y juventud. Que es algo que, para el espectador adulto, nos hace sentir un poco más a gusto, más en casa, por ser una cultura visual de la ciencia ficción que conocemos bien y que teníamos algo aparcada a fuerza de todas esas producciones actuales que nos fuerzan a estéticas más actuales, casi violentas o imposibles, como algunos robots de la nueva trilogía de Star Wars (George Lucas, Estados Unidos de América).

Es el año 2041, Álex regresa a su Santa Irene, una población en un lugar nevado lleno de cedros, donde vive David, su hermano, y Lana, pareja de su hermano que en el pasado fue novia de Álex. Los tres son expertos en robótica. El futuro inmediato ha desarrollado una sociedad necesitada de robots de compañía tanto por ocio como por trabajo. Todas las personas cuentan con uno como si de un teléfono móvil se tratara. Las políticas de empresa del futuro que vaticina Maíllo han logrado crear a la sociedad esa necesidad. Álex es el más brillante e importante ingeniero cibernético que ha logrado que los robots hayan avanzado tanto como para lograr esto. Por ello la Facultad de Robótica para la que trabajó en el pasado desea que retome un proyecto abandonado en el pasado por fracasado: la creación de un robot con aspecto de niño altamente perfeccionado hasta rozar sentimientos humanos siempre positivos por cuestiones de seguridad para los humanos que los compren.

Álex vuelve al lugar del origen de su fama y contribución a la sociedad futura, pero también al lugar donde su vida cambió a niveles más íntimos, ya que su ida provocó el final de su posible historia de amor con Lana. Sin embargo, no puede retomarlo, ya que no sólo es la pareja de su hermano, sino que además tienen una hija. Álex se fue de ese lugar huyendo de su vida, quizá por miedo a los fracasos, y ahora regresa queriendo retomar uno de esos fracasos para transformarlo en triunfo, a la vez que, al ver el callejón sin salida del otro de sus fracasos, Lana, anhela que éste también pudiera cambiar y ser otro triunfo. Al no poder lograrlo vierte todas sus frustraciones en Eva, la hija de su hermano y Lana, a la cual elige como modelo emocional para el robot que le han encargado.

El choque de personalidades es constante en la película. Se nos pone de manifiesto en una intuida competitividad, tanto en lo laboral como en lo afectivo, entre David y Álex. Están unidos por fuertes lazos de afecto, pero uno y otro tratan de hacer el robot más perfecto y uno y otro cortejan a Lana. Pero también se nos pone de manifiesto en que el mayor logro de Álex sea un robot gato con software libre, esto es con capacidad de decisión propia, mientras que el mayor logro de David es un robot mayordomo con forma humana con una fuerte personalidad servicial, incapaz de actuar o decidir sin recibir órdenes previas.

La película está llena de detalles que nos sugieren el futuro, no sólo se ve en los robots, se ve en los aviones y coches silenciosos, tal vez eléctricos, en esa ciudad en mitad de las nieves, que en cierto modo nos hablan del calentamiento del planeta y los cambios de la población, probablemente trasladadas a latitudes nórdicas por el calentamiento global, nos habla de las necesidades emocionales del ser humano tanto en lo que se dice y se ve como en lo que no se dice ni se ve de forma directa. Y esos fríos en los que viven nos cuentan en metáfora de ese frío humano que ha ganado la humanidad a medida que ganaba dependencia tecnológica, no es casual que Álex busque una casa y unas condiciones de vida lo menos tecnológicas posibles, a pesar de trabajar creando robots.

Es una película inteligente en la que el mayor efecto especial no son los pocos momentos en los que salen los efectos por ordenador, ni los aún menos momentos en los que salen los efectos especiales tradicionales, sino la sugerencia. Es una película que integra la ciencia ficción para contarnos una historia siempre actual sobre las emociones humanas. No es el mundo del robot el epicentro de la historia, sino el mundo humano. Esto es lo que hace de este metraje algo muy apetecible no sólo de ver, sino de conservar de forma muy digna en la filmoteca personal de cualquier apasionado de la ciencia ficción. Yo al menos intentaré tener una copia.

Alcalá de Henares, 4 de junio de 2012

Noticias de un Espía en el Bar / http://www.espiadelbar.blogspot.com/

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